Imaginario 19
Septiembre 2010
Conversación y agradecimiento.
"Escribí", le dijeron. Esta palabra hubiera cortado la maldita voz televisiva que reinaba el ambiente si no fuera un mensaje a través de la computadora. Ya odiaba todo tipo de dependencias y, en especial, a esa computadora que lo abstraía diariamente durante demasiado tiempo, a él, a sus amigos, a todos los que conocía.
Pero él no odiaba la abstracción, no, él odiaba el medio, no el fin. No ganaba nada perder la consciencia frente a una pantalla, lo contrario, pesaba en su mente cuando volvía en sí mismo el hecho de haber estado tanto tiempo ahí. Unas fotos, lectura de unas cosas, conversaciones, quince minutos con suerte pero alguna razón inexplicable dictaba las reales tres horas que había transcurrido en esa silla. Odiaba esa silla, odiaba el entero rincón dónde se ubicaba la máquina.
Quería leer pero no había caso, tendría que esperar otro día más para ir a la biblioteca. Dormir era socialmente deprimente, era sábado, era joven. Pero qué hacer en un pueblo que no tenía nada para ofrecer más que la amarga espera para que éste año terminara, ¿cuán necesario era esperar? uno apr... corté la oración, la palabra, el sentido del texto. Había dejado de existir durante un buen rato. Él no se interesó en nada más que en esa mano sosteniendo esa lapicera que escribía en esa hoja, nada importaba más que eso. Ésta era la parte del mundo que le interesaba y apreciaba, y el mundo no se extendía mas allá que esas piernas, esa camisa, otro brazo pero este inmóvil sobre su panza, una cama, una caja a su izquierda junto a dos muebles, una cajonera negra y una mesita blanca, el piso y una mesa lejos a su derecha conformaba el horizonte de su mundo. No quería prestar atención al resto de las cosas, el mundo se extendería aún más y él no quería eso. Estaba no existiendo en el otro mundo. Nadie se preocupaba por él, él no pensaba en nada más que en ese mundo, ¿no era acaso dejar de existir en el mundo real?
Bastaba el estímulo externo para que rápidamente se pusiera la careta feliz o agradable y enfrentara ese mundo extenso, infinito tal vez. Me preguntaba frecuentemente ¿cual sería mi verdadero rostro si siempre que me abstraía, que dejaba de existir frente a un espejo mi rostro se difuminaba y solo veía el espejo, su mundo, el reflejo era secundario y siempre que quería ver la cara volvía la careta, el estímulo externo y él volvía a ser yo?. ¿Algún día descubriría su rostro? No lo creo si el desconoce mi rostro, pero a él no le interesa conocerme, eso es lo que yo recuerdo, su vida es muy fácil, quizá yo debería dejar de cuestionarme cómo se vería él. El ignorante es feliz, el que quiere conocer sólo será feliz cuándo conozca, pero cuando conoce se da cuenta de que hay algo más por conocer y vuelve la tristeza disfrazada de intriga. Colmo del saber el tropiezo con lo ignorado, había él escrito días atrás, me gustaba leerlo, en algún sentido lo que sucedía en su mundo repercutía en el mío. Su desnudez asombraba a los cuerpos vestidos.
Dejar de existir debe ser lindo, cuando él duerme y yo despierto me siento bien, a veces culpable por dejarle a él una mente destruida y agradecido al recibirla reparada, desgraciadamente no dura mucho, el mundo la avería casi automáticamente. Los pensamientos se aglomeran, los comentarios florecen, las dudas persisten, los recuerdos vuelven hasta mi dormir y su despertar, él debía ser feliz arreglando mi mente, sino no tendría qué hacer. Si mi misión es averiarla, la suya irremediablemente sería arreglarla, hacerla averiable y yo arreglable.
Desperté, a cumplir con la sociedad y a averiar esta mente salida del taller.
Natalio Kemp.
Metamorfosis
“Tengo que irme a otro clima- pensó Hernán-, este frío me mata, me iré al norte, Chaco podría ser una alternativa”. Preparó su escaso equipaje y salió rumbo a la carretera.
“Haré dedo, alguien va a parar”. Siguió haciéndose conjeturas. “Siempre hay personas confiadas, algún camionero… Sí, eso sería lo mejor.”
Llegó a la ruta y adoptó su mejor postura. En realidad el que lo veía con mochilita sobre su espalda, la ropa deportiva, lo confundía con un adolescente.
“Ahí viene un camión, trataré de parecer un inocente estudiante”.
Se paró a la orilla de la carretera, hizo el acostumbrado ademán y notó que el camión aminoraba la marcha. Pensó: “siempre hay gente buena que sabe distinguir las clases sociales”.
El camión se detuvo y el chofer preguntó:
-¿Adónde vas, pibe?
-Para el lado del norte- contestó él.
-Bárbaro, yo también voy para ese lado, al Chaco ¿subís?
-Me viene al pelo- dijo Hernán- Voy disparándole al frío.
-Subí, muchacho, pero antes le vamos a dar paso al coche negro, parece que lo maneja una mujer.
Hernán se puso a un costado para que pasara el coche y sonriendo contestó al saludo.
Subió al camión se acomodó bien en el asiento y partieron.
El chofer manejaba muy atento prestando atención a la carretera. Ya estaban cerca del empalme con la ruta 14.
-¿Vas cómodo?
-Comodísima…- contestó una voz femenina.
El chofer se sobresaltó. Miró de reojo y lo que vio lo intranquilizó aún más.
Una chica estaba sentada a su lado.
“No puede ser, decididamente el resplandor del sol me afectó el cerebro”, pensó el camionero. Trató de no mirar para el costado.
Siguió manejando atento a la transitada ruta.
A las siete de la mañana estaba saliendo un sol radiante. María, al volante de un coche negro, a su lado su amiga Beti.
Venían por la ruta 14, rumbo al norte.
Su compañero hizo lo que le pidió. Estaban pasando una cumbia, se interrumpió la música y se oyó la voz del locutor:
Noticia de último momento: acaba de informar la estación de policía que, estacionado en la ruta 14, se ha encontrado un camión, en su interior se halló el cadáver del chofer, presenta mordeduras en su cuello aparentemente producidas por un extraño animal.
Ellas se miraron y sonrieron.
Rosalía Díaz
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