Imaginario 22

Imaginario 22

Diciembre 2010

Para comenzar

…y otro año se termina, con sus cosas buenas y de las otras.

Creo que recibir un año nuevo es como recibir una nueva hoja en blanco donde poder proyectar nuestros sueños y esperanzas: mantener lo logrado, materializar lo ansiado…

Ya lo se´. Tal vez digan: “Lisandro, nada de eso es seguro, fácil”. Si, es verdad. Pero, muchas veces sucede. Muchas más de las que reconocemos.

Por ejemplo, en el transcurso del año se han materializado cuantiosas actividades culturales en la ciudad (desde el lado gubernamental, privado e independiente). Y esta descoyuntada fusión es válida, útil; porque se multiplica para el bien de todos.

Entonces, quizá solo sea cuestión de ponernos un poquito de acuerdo ¿no?

A mi entender estas cosas son las que hacen girar al mundo (todavía).

Y estas palabras no son apologías de nada, ni tampoco es que se me haya encarnado el espíritu festivo en los dedos que teclean esta introducción.

Es sentido común, nomás.

Si no podemos juntos, aunque sea, cada cual por su lado, agregue un granito de arena en el reloj de la vida, y eso, les aseguro, nos viene (siempre) bien a todos.

Basta, no más filosofía zen.

Por lo pronto aquellos que hacemos la revista Imaginario les deseamos Feliz Navidad y Año Nuevo.

Y como siempre, les agradecemos por estar a nuestro lado.

Lisandro Bechir

Acaríciame, vida

Sin orden alguno

consumo mis días

en una hoguera de muerte.

No puedo evitar la codicia

por aquellos que baten

sus alas hacia el espacio sembrado.

Desmedidas carencias

dilatan mi razón,

quiebran la magia del mañana,

y mi sombra se desangra.

Supongo que me resignan

estos versos desdichados,

pero el músculo se desgarra en gritos

y los puños rompen el silencio.

¡Quiero mi libertad encarcelada!

¡Que me perforen los aromas

de la brisa y coaccionen

las hogueras de la muerte!

Franca Caputo

La rosa

Cuando se abre en la mañana

roja como sangre esta´.

El rocío no la toca

porque le teme quemar.

Abierto en el medio día

es dura como el coral.

El sol se asoma a los vidrios,

para verla relumbrar.

Cuando en las ramas empiezan

los pájaros a cantar

y se desmaya la tarde

en las violetas del mar.

Se pone blanca como una mejilla de sal.

Y cuando la toca la noche

con su plateado cuerno de metal

y las estrellas avanzan,

mientras los aires se van,

en la raya de la oscuridad

se comienza a deshojar.

María Luján Alí

Pitufo, mi gran caballo

Hace muchos, pero muchos años, cuando yo tenía entre ocho o nueve años me gustaba mucho andar a caballo y hacía todos los mandados de mi casa y de mi vecino.

El vecino tenía un horno de ladrillo y cuando necesitaba hacerlos me llamaba, me decía: agarra el caballo que más te guste. Yo siempre buscaba al mismo, un animal brioso, con una estampa hermosa, era alazán y tenía crines y cola blanca.

Un día se acercó mi vecino Roberto a mi casa, preguntó por mi, lo atendió mi padre José y le dijo que en un ratito llegaba, que había ido a hacer unos mandados a la panadería. Cuando llegué, Roberto me estaba esperando con mi caballo preferido para regalármelo. Lo llamé Pitufo.

Desde ese momento hacía todos los mandados con mi Pitufo. Traía las lecheras para mi mamá, encerraba los caballos para mis hermanos…

Cuando estaba por casarme me preocupaba tener que dejar a mi caballo, pero mi novio me dijo: Pitufo se va con nosotros. Me puse muy contenta.

Pensaba que mi primer hijo iba a aprender a andar a caballo en mi Pitufo, pero no fue así.

Una mañana de invierno mi esposo salió al campo y volvió antes de lo esperado, con la mala noticia de que se había muerto mi caballo. Me invadió una enorme tristeza. Al principio me paralicé, luego me puse un abrigo y fui a su encuentro.

En el camino cortaba flores de cardos. Mis manos no sentían las espinas. Solo quería llegar y verlo.

Una vez con el no pude contener las lágrimas y lo despedí a mi Pitufo.

Pero siempre estará en mi recuerdo.

Maria Rosas de Pérez

Viejitos lindos

Esta es una nueva sección que se nos ha ocurrido incorporar (con todo el respeto correspondiente a los demás autores) de textos breves de célebres escritores, además de una sucinta biografía (obviamente) de los mismos.

José Hernández

(1834 - 1886)

Nació en los caseríos de Perdriel, en la Chacra de su Tío Don Juan Martín de Pueyrredón, el 10 de noviembre de 1834, durante el gobierno de Don Juan Manuel de Rosas. Educado en el Liceo de San Telmo, en 1846 fue llevado por su padre al sur de la provincia de Buenos Aires, donde se familiarizó con las faenas rurales y las costumbres del gaucho.

La lucha política caracterizó su vida. En 1858, junto con varios opositores al gobierno de Alsina emigró a Paraná, intervino en la Batalla de Cepeda y también en la de Pavón en el bando de Urquiza. Inició su labor periodística en el Nacional Argentino, con una serie de artículos en los que condenaba el asesinato de Vicente Peñaloza, publicados como libro en 1863, bajo el título de Vida del Gaucho. En 1868 editó el diario El Eco de de la segunda parte, "cuatro palabras de conversación con los lectores", abunda en la filosofía de la obra. También es interesante los comentarios de Miguel Cane, sobre la obra.

Corrientes y un año más tarde En el Río de la Plata, donde publicó artículos referidos a la cuestión del gaucho y de la tierra, la política de fronteras y el indio, temas que articularía literariamente en el Martín Fierro.

Participó en el levantamiento del Coronel López Jordán contra el gobierno de Sarmiento en Entre Ríos, y de regreso a Buenos Aires, en el Gran Hotel Argentino de 25 de mayo y Rivadavia, terminó de escribir El Gaucho Martín Fierro, editado en diciembre de 1872, por la imprenta La Pampa. Tras su onceava edición, en 1879 publicó La Vuelta de Martín Fierro. Fue diputado provincial y en 1880, siendo presidente de la Cámara de Diputados, defendió el proyecto de federalización, por el cual Buenos Aires pasó a ser la capital del país. En 1881 escribió Instrucción del estanciero y fue elegido senador provincial, cargo para el cual fue reelecto hasta 1885. El 21 de octubre de 1886 falleció en su quinta de Belgrano

A otros les brotan las coplas
como agua de manantial;
pues a mí me pasa igual;
aunque las mías nada valen,
de la boca se me salen
como ovejas de corral.

Que en puertiando la primera,
ya la siguen los demás,
y en montones las de atrás
contra los palos se estrellan,
y saltan y se atropellan
sin que se corten jamás.

Y anunque yo por mi inorancia
con gran trabajo me esplico,
cuando llego a abrir el pico,
tengaló por cosa cierta,
sale un verso y en la puerta
ya asoma el otro el hocico.

Y empresteme su atención;
me oirá relatar las penas
de que traigo la alma llena;
porque en toda circustancia,
paga el gaucho su inorancia
con la sangre de sus venas.

Despues de aquella desgracia
me refugié en los pajales;
anduve entre los cardales
como bicho sin guarida;
pero, amigo, es esa vida
como vida de animales.

Y son tantas las miserias
en que me he salido ver,
que con tanto padecer
y sufrir tanta aflición,
malicio que he de tener
un callo en el corazón.

El que sabe ser buen hijo
a los suyos se parece;
y aquel que a su lado crece
y a su padre no hace honor,
como castigo merece
de la desdicha el rigor.

Con un empeño constante
mis faltas supe enmendar;
todo conseguí olvidar,
pero, por desgracia mía,
el nombre de "picardía"
no me lo pude quitar.

Aquel que tiene buen nombre
muchos dijustos ahorra;
y entre tanta mazamorra
no olviden esta advertencia:
aprendí por esperiencia
que el mal nombre no se borra.

Extracto de Martín Fierro

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