Imaginario 21

Imaginario 21

Noviembre 2010

Para comenzar:

Seguimos apostando a la cultura. Entre otras cosas, reinvirtiendo permanentemente el dinero cedido por nuestros auspiciantes. Creemos que esta es la mejor manera de respetar su confianza. Su ayuda económica es fundamental para que esta publicación (que lleva dos años y pico de vida) se mantenga activa y, también, más atractiva visualmente. Calidad estética y contenido, bien pueden ir de la mano en una revista literaria cultural como la nuestra ¿no?

Es por esto que con enorme regocijo anuncio aquí que hemos mejorado, una vez más, la calidad del material físico. A partir de este mes Imaginario será impresa en papel ilustración (cuyo costo, digámoslo, es superior al anterior) y más cantidad de páginas.

Y esto no es un capricho de quien les habla; es una cuestión de reciprocidad. Creo fervientemente en eso: recibir y retribuir.

También, le damos la bienvenida a nuestros nuevos auspiciantes. Y me permito señalar lo siguiente: cada una de las personas y empresas que aparecen en el sector de las publicidades, no apuestan a la revista por cartel, sino porque se preocupan y apuestan sinceramente a la difusión cultural. Esto merece la pena remarcarlo.

Somos concientes de que aún nos queda mucho trabajo por hacer. Porque, recordemos, la cultura es una dama inquieta, tal vez lo más parecido a un Ave Fénix.

Y en su magia escénica se renueva constantemente.

Lisandro Bechir

Almas sin peso

Nada está mal perderse en ese, tu cielo de azul impoluto. Pero, hay alguien más. Deberías encontrar a alguien más para compartir esa confusión.

No existe tal pureza entre los colores. Almas sin peso, ni color, ni sabor. Sin todo lo esencial que hace a la hembra tal.

Deberías entender que solo cuando te pierdas a ti misma te hallaras por completo en otro.

Es como un espejo poliforme, oscilando entre cascadas de imágenes.

Las llamas te entibian los dedos cuando decaes en la persecución del disgusto por la permanencia absoluta.

Si me oyes es porque necesitas más de mi.

Es porque ese color no es tan azul.

Entre los colores de tu vestido hallaras más que tela y carne. Hay un ser vivo pretendiendo lo único que no puede poseer.

Sin embargo, las respuestas no están lejos de tu vestido. Y mucho más cerca de tu carne.

Dulcemente, despréndete de ambas. Yo haré lo mismo si así lo dispones.

De ese modo todo aquello que no llamaste vendrá para entregarte a ti misma en un ritual de nombres, donde podrás deletrear el tuyo entre los demás.

G.E.R

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Narciso

Narciso era hijo de la ninfa azul que se llamaba Liriope, a la que el dios fluvial Cefiso había envuelto una vez con los remolinos,y cuando la tuvo atrapada por las corrientes, la amo´. Le dijo a Liriope, a la mama´ de Narciso lo siguiente:

-Narciso, tu hijo, podrá vivir muchos años bajo la condición de que nunca se contemple a si mismo.

Parece que cualquiera podía enamorarse de Narciso porque era muy, pero muy hermoso. Cuando tuvo dieciséis años su camino estaba sembrado de amantes rechazadas. Siempre rechazaba cruelmente a las amantes que caían a sus pies. Tal era el obstinado orgullo que sentía por su propia belleza. Consideraba además, este muchacho, que nadie estaba a su altura para recibir su amor. Entre las enamoradas de Narciso estaba la ninfa Eco, y la historia de Eco es también interesante. Cuentan que ya no podía hacer uso de su voz; sino solo repetir lo que decían los otros (no tenia discurso propio). Entonces, tenía que esperar a que alguien dijera algo para emitir sonido.

¿Esta desgracia por qué le ocurría a Eco?

Por un castigo. Resulta que Zeus, el príncipe de los dioses tenía amores con unas ninfas y Eco era utilizada por Zeus para entretener a su mujer, Era, contándole cuentos mientras él se iba con las ninfas. Era se dio cuenta de lo que estaba pasando y dijo:

-Por haber ayudado a mi infiel esposo te condeno a que solamente hables para repetir lo que otros han dicho.

Un día que Narciso salió a cazar ciervos junto con sus compañeros, la ninfa Eco lo siguió de cerca por un bosque, tratando de no ser vista. Trato´ de hablarle, pero a causa de su castigo fue incapaz de iniciar la conversación. Finalmente, Narciso, viendo que se había alejado de sus compañeros grito´:

-¿Hay alguien por aquí?

-Aquí- respondió el Eco. Esto sorprendió mucho a Narciso porque no veía a nadie. Y grito´:

-¡Ven!

Y el Eco repitió:

-Ven.

Fin de la primera parte

Enviado por Silvia

Viejitos Lindos

Esta es una nueva sección que se nos ha ocurrido incorporar (con todo el respeto correspondiente a los demás autores) de textos breves de célebres escritores, además de una sucinta biografía (obviamente) de los mismos.

En esta oportunidad nos deleitaremos con una de las Aguafuertes Porteñas de Roberto Arlt, diseñadas por este admirable sociólogo de lenguaje coloquial (casi de barrio) y filoso. Típico caso del incansable transeúnte que todo lo observa y nada se le escapa.

Aguafuertes porteñas

Este libro recoge los artículos publicados por Roberto Arlt en el Diario El Mundo entre 1928 y 1933.

Se trata de una aguda crítica de Arlt, que transita sobre diversas cuestiones, como el origen de las palabras, el espíritu de la calle Corrientes o los problemas de Buenos Aires en la década del 30.

EL HOMBRE CORCHO


El hombre corcho, el hombre que nunca se hunde, sean cuales sean los acontecimientos turbios en que está mezclado, es el tipo más interesante de la fauna de los pilletes.

Y quizá también el más inteligente y el más peligroso. Porque yo no conozco sujeto más peligroso que ese individuo, que, cuando viene a hablaros de su asunto, os dice:

–Yo salí absuelto de culpa y cargo de ese proceso con la constancia de que ni mi buen nombre ni mi honor quedaban afectados.

Bueno, cuando malandra de esta o de cualquier otra categoría os diga que "su buen nombre y honor no quedan afectados por el proceso", pónganse las manos en los bolsillos y abran bien los ojos, porque si no les ha de pesar más tarde.

Ya en la escuela fue uno de esos alumnos solapados, de sonrisa falsa y aplicación excelente, que cuando se trataba de tirar una piedra se la alcanzaba al compañero.

Siempre fue así, bellaco y tramposo, y simulador como él solo.

Este es el mal individuo, que si frecuentaba nuestras casas convencía a nuestras madres de que él era un santo, y nuestras madres, inexpertas y buenas, nos enloquecían luego con la cantinela:

–Tomá ejemplo de Fulano. Mirá qué buen muchacho es.

Y el buen muchacho era el que le ponía alfileres en el asiento al maestro, pero sin que nadie lo viera; el buen muchacho era el que convencía al maestro de que él era un ejemplo vivo de aplicación, y en los castigos colectivos, en las aventuras en las cuales toda la clase cargaba con el muerto, él se libraba en obsequio a su conducta ejemplar; y este pillete en semilla, este malandrín en flor, por "a", por "b" o por "c", más profundamente inmoral que todos los brutos de la clase juntos, era el único que convencía al bedel o al director de su inocencia y de su bondad.

Corcho desde el aula, continuará siempre flotando; y en los exámenes, aunque sabía menos que los otros, salía bien; en las clases igual, y siempre, siempre sin hundirse, como si su naturaleza física participara de la fofa condición del corcho.

Ya hombre, toda su malicia natural se redondeó, perfeccionándose hasta lo increíble.

En el bien o en el mal, nunca fue bueno; bueno en lo que la palabra significaría platónicamente. La bondad de este hombre siempre queda sintetizada en estas palabras:

"El proceso no afectó ni mi buen nombre ni mi honor".

Allí está su bondad, su honor y su honradez. El proceso no "los afectó". Casi, casi podríamos decir que si es bueno, su bondad es de carácter jurídico. Eso mismo. Un excelente individuo, jurídicamente hablando. ¿Y qué más se le puede pedir a un sinvergüenza de esta calaña?

Lo que ocurrió es que flotó, flotó como el maldito corcho. Allí donde otro pobre diablo se habría hundido para siempre en la cárcel, en el deshonor y la ignominia, el ciudadano Corcho encontró la triquiñuela de la ley, la escapatoria del código, la falta de un procedimiento que anulaba todo lo actuado, la prescripción por negligencia de los curiales, de las aves negras, de los oficiales de justicia y de toda la corte de cuervos lustrosos y temibles. El caso es que se salvó. Se salvó "sin que el proceso afectara su buen nombre ni su honor". Ahora sería interesante establecer si un proceso puede afectar lo que un hombre no tiene.

Donde más ostensibles son las virtudes del ciudadano Corcho es en las "litis" comerciales, en las trapisondas de las reuniones de acreedores, en los conatos de quiebras, en los concordatos, verificaciones de créditos, tomas de razón, y todos esos chanchullos donde los damnificados creen perder la razón, y si no la pierden, pierden la plata, que para ellos es casi lo mismo o peor.

En estos líos, espantosos de turbios y de incomprensibles, es donde el ciudadano Corcho flota en las aguas de la tempestad con la serenidad de un tiburón. ¿Que los acréedores se confabulaban para asesinarlo? Pedirá garantías al ministro y al juez. ¿Que los acreedores quieren cobrarle? Levantará más falsos testimonios que Tartufo y su progenitor ¿Que los falsos acreedores quieren chuparle la sangre? Pues, a pararse, que si allí hay un sujeto con derecho a sanguijuela, es él y nadie más. ¿Que el síndico no se quiere "acomodar"? Pues, a crearle al síndico complicaciones que lo sindicarán como mal síndico.

Y tanto va y viene, y da vueltas, y trama combinaciones, que al fin de cuentas el hombre Corcho los ha embarullado a todos, y no hay

Cristo que se entienda. Y el ganancioso, el único ganancioso, es él. Todos los demás ¡van muertos!

Fenómeno singular, caerá, como el gato, siempre de pie. Si es en un asunto criminal, se libra con la condicional; si en un asunto civil, no paga ni el sellado; si en un asunto particular, entonces, ¡qué Dios os libre!

Tremendo, astuto y cauteloso, el hombre Corcho no da paso ni puntada en falso.

Y todo le sale bien. Así como en la escuela pasaba los exámenes aunque no supiera la lección, y en el examen siempre acertó por una bolilla favorable, este sujeto, en la clase de la vida, la acierta igualmente. Si se dedicó al comercio, y el negocio le va mal, siempre encuentra un zonzo a quien endosárselo. Si se produce una quiebra, él es el que, a pesar de la ferocidad de los acreedores, los arregla con un quince por ciento a pagar en la eternidad, cuando pueda o cuando quiera. Y siempre así, falso, amable y terrible, prospera en los bajíos donde se hubiera ido a pique, o encallado, más de una preclara inteligencia.

¿Talento o instinto? ¡Quién lo va a saber!

Del libro “Aguafuertes porteñas”


La sucinta



Hijo de un inmigrante prusiano y una italiana, Roberto Godofredo Christophersen Arlt nació en Buenos Aires, en el barrio de Flores, el 2 de abril de 1900.
Publicó El juguete rabioso, su primer novela, en 1926. Por entonces comenzaba también a escribir para los diarios CríticaEl mundo. Sus columnas diarias Aguafuertes porteñas, aparecieron de 1928 a 1935 y fueron después recopiladas en el libro del mismo nombre. Se divertía contando de sus amistades con rufianes, falsificadores y pistoleros, de las que saldrían muchos de sus personajes. Las Aguafuertes se convirtieron con el tiempo en uno de los clásicos de la literatura argentina.
Al mismo tiempo de su actividad como escritor, Arlt buscó constantemente hacerse rico como inventor, con singular fracaso. Formó una sociedad, ARNA (por Arlt y Naccaratti) y con el poco dinero que el actor Pascual Naccaratti pudo aportar instaló un pequeño laboratorio químico en Lanús. Llegó incluso a patentar unas medias reforzadas con caucho, que no fueron comercializadas, y al decir de un amigo, "parecen botas de bombero".
En 1935, viajó a España y África enviado por El Mundo, de donde salen sus Aguafuertes Españolas. Pero salvo este viaje y alguna escapada a Chile y Brasil, permaneció en la ciudad de Buenos Aires, tanto en la vida real como en sus novelas, Los siete locos y su continuación, Los lanzallamas.
Murió de un ataque cardíaco en Buenos Aires, el 26 de julio de 1942.

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