imaginario 26





 Imaginario 26





Para comenzar

Estamos de estreno. Incluimos, a partir de este mes, una nueva sección llamada simplemente Museos, que incluirá lugares de distintos países (incluido el nuestro, claro) y sus particularidades. 
La cultura avanza contra viento y marea, dijera Victoria Ocampo. Todos nosotros somos testigos. Tal vez, involucrarnos según nuestras necesidades (aunque sea) resultaría en un bien para todos. No cuesta mucho, piénselo.
Damos la bienvenida y agradecimiento, como siempre, a los nuevos anunciantes, que, junto a las demás publicidades,  posibilitan la continuidad de esta publicación.


Lisandro Bechir



La cantina de Anita

   Anita abría como todas las mañanas los postigos de la cantina italiana. Ella era la hija de Giuseppe Fragapanne, el dueño de la cantina “Il Sorpasso”, un lugar donde pasaba de todo, y donde la protagonista era siempre la comida. Después de abrirlas, comenzaba el día para todos. Días donde se mezclaban el trabajo y la diversión, de una manera muy particular.
   Era un viernes. Justo los viernes eran los días donde se celebraban cumpleaños con música en vivo, y la mejor pasta. Hoy se celebraban 3 cumpleaños: el de un señor cincuentón, de una joven treintañera y de un anciano. Hora de trabajar. Anita coordinaba todo: a los cocineros, la contaduría, la decoración, la difusión y prensa. Desde muy chica respiraba el clima astronómico y se sentía muy a gusto con todo ese mundo. ¿Cómo se llevaba con su papa? Muy bien, aunque Giuseppe tenia mucha autoridad y la voz cantante en los asuntos de la cantina. Pero hoy Anita se sentía un poco desanimada. Algunos problemas taparon su habitual alegría y no tenia muchas ganas de coordinar los cumpleaños, cosa que, casualmente, ella lo hacia con mucho placer. Otra cosa no podía hacer: había que trabajar, trabajar, trabajar. ¿Las vacaciones? En Enero señora, a las playas. Martín, el cocinero de la cantina, se dio cuenta que algo le pasaba. ¿Te puedo ayudar Anita? Le preguntó. Ordenando unos papeles, ella le explico su preocupación: desde hacia unos días andaba un poco deprimida porque extrañaba a una amiga muy querida que se había ido a vivir a México. Dicho esto, siguieron en sus tareas.
   Cuando llegó la noche, el lugar se iba llenando. Anita seguía trabajando y haciendo que los comensales se sintieran cómodos y los invitados lo mejor posible. Yendo y viniendo, no se dio cuenta que uno de los platos no estaban con buena cocción. Los spaghettis están duros como piedra che, pensó, así no puedo servirlos. Comienza la música, todos empiezan a aplaudir, luces de colores se prenden y apagan, ahora si las pastas están bien.  Una chica comienza a cantar en italiano mientras los mozos sirven los platos. Ay Anita, ¡Cuánto laburo!... ¿Cuándo vas a tener tiempo para vos? Mira con gracia lo que pasa, se ríe. Por fin se ríe, después de tanta pálida.
     Esas noches eran encantadoras, muy simpáticas, alegres. Los cumpleañeros estaban muy contentos porque estaban viviendo una grata noche, a molto felicitá. La tradición italiana aun seguía, y seguiría por mucho, mucho tiempo. Anita observaba la fiesta, y con la calidez del afecto, los cumpleañeros la invitaron a bailar, a cantar a ser participe de ese momento. Al día siguiente, sábado, la noche era igual pero diferente. Era cena show, con pista de baile. Anita, luego de una dura jornada de trabajo, pudo darse una noche para ella: fue a tomar unos tragos con unos amigos. Giuseppe coordinaba cada detalle, en reemplazo de su hija. Los cocineros y mozos preferían la compañía de Anita, porque era mas dulce y comprensiva, pero sabían cumplir su papel. Las luces de colores, los aplausos, las calzonetas Made in Italia, cuanta melancolía…
    Y llego el domingo. El día del champagne, de un nuevo comienzo, de la vera pasta. Anita pudo descansar, vestida con jeans, una remera blanca y zapatillas Converse. ¿Todo bien chicos? Preguntó en la cocina a sus empleados. Martín, el cocinero, la llamó. Tengo algo para vos princesa, le dijo. ¿Qué?, se entusiasmó ella. Agarró el teléfono y se lo puso al oído: era Valeria, su amiga desde México. ¡Que alegría! Eso la puso tan feliz… Y con otra predisposición para trabajar. Era la noche del recuerdo, de la añoranza. Hoy sonaba Pavarotti, violines, la belleza. Como una nena, Anita decidió transgredir ciertas normas y divertirse. Se puso el delantal y atendió a los comensales, rio con ellos, participo de la fiesta. Es que eso el “Il Sorpasso”: una fiesta. Como broche de oro y como si fuera montada en patines, a Anita se le cayó uno de los platos lleno de fideos con tuco en la cocina, y justo la vio Martín. ¿Cómo terminó todo? Con una guerra de fideos entre ambos, sentados en el piso, manchados por la salsa y muertos de risa. Menos mal que Giuseppe no los vio…
   Así es Anita. Así es la cantina. Una linda historia como la que conté.



Teresita Vago

Virgen  del Mar



Protege a quien
ha de pescar.
En silencio
y a su lado.
No los deja de mimar,
no los deja de mirar.


Virgen del Mar

Protege a quien
viene  por el pan,
y a quien solo
 viene por pescar.

Virgen del Mar

En silencio
y a tu lado.
No me dejes de tocar,
no me dejes de cuidar.

Virgen de los Pescadores

Paciencia y paz.
Siempre dará
a quien  el pan
va a buscar.

Marina Ibarlucea



EL LIBRO PERFECTO
   Tomo un libro cualquiera. Me intereso. Hacía rato que le tenía ganas. Me apasiono. Es fabuloso. Es fabuloso. Como casi siempre, aproximadamente a las cincuenta páginas mis ojos piden respiro, reparo, descanso.
 Corro los anteojos hacia mi frente y me restriego ocularmente. Bostezo. 3.28 AM marca el viejo radio reloj de Andrea. Miro al techo. Veo como una araña agazapada espera atrapar a una mosca. Negro sobre blanco.
Unas páginas más me digo, y retomo el libro, que había dejado sobre mis muslos como un avión en su hangar. Es costumbre releer al retomar. Sucede algo inesperado: al atrasar un par de páginas están… ¡en blanco! Solo está escrita la que estaba leyendo. Me animo. Titubeo y al final arremeto: hacia delante es lo mismo, todas las hojas en blanco ahuesado.
Acaso mis ojos son los que me están dictando la historia, el relato. Leo la página, es la número cincuenta y uno. Al llegar al final y dar vuelta puedo continuar ¡ahora está escrita la siguiente! Frunzo mi ceño. Nadie puede atestiguar el hecho porque estoy solo. Cohabito con mi compañera, no convivo. Cosas de pareja. Ya se resolverá. O no. Igual somos amigos.
Estoy solo con él. Me digo que es una pena que algo siempre se olvide.
Me quedo pensando expectante. Por fin tras la enésima posibilidad que se cruza por mi cerebro me doy cuenta. Es un libro especial. Continúo la lectura hasta el final. Es sencillamente exquisito. Lo cierro. Sé que mañana lo volveré a leer y me contará otra historia. Encontré el libro secreto. Aquel tan buscado, del que el título aparece borroneado. El mejor. El único. El que es todos y es uno. El libro perfecto.
H. ANIBAL GONZALEZ

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