Imaginario 33
marzo 2012
Para comenzar
Poco a poco, vamos incorporando secciones a Imaginario. En esta oportunidad se trata de Fotografía y Misceláneas (para
reflexionar).
El comienzo de las clases supone, también, el inicio de la actividad
ciudadana en general, como si un engranaje del tiempo se pusiera en movimiento.
Sin embargo, marzo , en el plano cultural, estuvo bastante quieto. Supuestamente, a fines de marzo,
principios de abril se avecinan las Jornadas
del Libro. Eso representaría un buen empuje para despertar espíritus creativos.
Algo de motivación nunca viene mal ¿no?
Por mi parte, el próximo mes presento mi nuevo libro: “Primera estrella
tras el crepúsculo”. Una novela corta.
Una pequeña sugerencia: si ustedes se enteran de alguna actividad
cultural, mándenme esa información, quizá desde acá podamos divulgarla. A la
vez pasen la voz a otra gente. Porque aquellos que nos interesamos por la
cultura, en gran medida, dependemos de nosotros mismos.
Lisandro Bechir
Metáfora
Porque
eso no nos dejaba de mirar.
Porque
no nos dejaba salir con su presencia ominosa.
La
ventana era todo nuestro mundo.
La
ventana nos mostraba otro mundo, negado.
¿Él
siempre estuvo ahí?
Él
siempre estuvo ahí.
¿Cómo
no lo vimos antes?
¿Cómo
no nos enteramos?
¿Si
salimos nos comerá?
¿Si
salimos nos tendrá completamente a su merced?
No nos
queda otra cosa que esperar.
No nos
queda otra cosa que aguardar que se canse y se vaya.
Pero,
no se irá. Aguardará hasta el final.
Pero,
entonces tampoco nosotros dejaremos de mirar por la ventana.
Alguien
nos despertará, tarde o temprano.
Alguien
esfumará su presencia.
Y
mientras tanto seremos tres huérfanos sin sueños.
Y
mientras tanto seremos tres huérfanos, esperando.
Mirando por la ventana.
Lisandro Bechir
Del libro Ni el cielo ni el infierno
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El cuerpo de la
bailarina
El cuerpo es la
identificación de un otro/a. Es la geometría inclaudicable del éxtasis. De unos
brazos alineados. De una robusta espalda. De unas piernas contraídas en salto
al vacío. De una cabeza echada hacia atrás. Un abdomen contraído y una garganta
que lucha por gritar desaforada, con los dientes sin rechinar, por la oportuna
abertura de mandíbulas.
El cuerpo es la
proyección del yo más íntimo, son los dedos de las manos estirados por alcanzar
lo maravilloso que existe más allá del aire enviciado de la gran ciudad. Es
también el rostro que expresa como un clown, lo inoportuno.
Sus escápulas
parecen alas y su columna vertebral el cuerpo de una mariposa. Los glúteos son
una manzana apetecible en la curvas de guitarra de aquella mujer esbelta y
atlética. Gira sobre la punta de sus pies y se inclina en flexión de rodillas
como saludando. Los músculos vibran y se estiran, se retuercen como una madeja
de hilo de lana.
Gira y gira al son
de una composición de Bach. Se empequeñece al agruparse abrazando las rodillas,
con la mirada oculta en lágrimas de cristal. De repente vuelve a mostrarse en
toda su extensión, el torso erguido, los brazos angulados, el rostro expresando
pasión, las órbitas de los ojos pintadas de negro. Se libera en un nuevo
ambiente creado por su arte, los aplausos son los que ahora contaminan el aire.
Ella se arremolina una y otra vez, se desovilla en diferentes figuras con el
mentón como señalando al más allá. Otra mujer, su amiga, pasa la gorra entre el
público que accede sin dejar de prestar atención a la pelvis de la bailarina
que se contorsiona en espasmos lúdicos. Sigue y sigue hasta que la
transpiración le indica el límite, se detiene y cual estatua permanece en su
última posición de salutación y agradecimiento.
La gente exclama
bravísimos y se permite emocionarse tras el final de la perfomance. Una sonrisa
aparece en los labios de la bailarina, mientras su diafragma aún excitado
rebota entre sus costillas.
H.Aníbal Gonzále
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