Imaginario 29



Imaginario 29
Julio 2011
Para comenzar

Cumplimos tres años. Sin interrupciones; con altas y bajas; con sueños cumplidos y por cumplir.
Quienes hacemos la revista Imaginario somos dos personas: Marisol Moreno y Lisandro Bechir. Pero, la integran, con sus textos y apoyo, muchas más.
Este mes (casualmente, con motivo de un nuevo aniversario) agregaremos otro eslabón en las secciones de la revista, ampliando así, el espectro temático de la publicación. Se trata de De Culto: una sección revisionista,  donde incluiremos películas, libros (por supuesto), personas, personajes, y casi toda cosa idolatrada dentro del mundo del arte. Dicen que en la variedad esta el gusto. Veremos que tal resulta esta idea.
En fin, solo resta agradecer a todos los que adhirieron y adhieren a sostener esta publicación mensual de distribución gratuita: Imaginario.

Lisandro Bechir

Jardines de un paraíso tenor 

El concierto, una voz a lo lejos y risas de niños.
Eterno suena…
               Gamas de pájaros y rosas de fuego.
Flechadas.
Flechas como Dioses del Olimpo
                         marcan la tiniebla de un ser.
Jardines y voces de coro cantan mi silencio.
Dime:
       ¿Dónde se pierde las notas de un piano amorfo?
Cataclismo de una mujer en el escenario de mi vientre.
Dime:
      ¿Dónde se encuentra la verdad de mi música?
Hay disfraces
             y cuerdas que atan mi cuerpo…
Destruyen la fábula de un cuento mal escrito,
                                                                        mal escrito…
Muertes sonoras de mujeres vivaces…
                                              Y yo, yo… Instrumento pagano.
Soy concierto que da noche en ojos febriles
y desesperan en cada roce de mis manos…

¡Salud!

(Somos amantes de tu música y tú nuestro amo…)

Santiago Ortigosa.
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Fin de semana 

Sábado y Domingo. Es la hora del recreo, del descanso, del glamour. Cuando llegás me siento rara, pero cuando te vas me pongo triste. Te siento, te disfruto, te extraño. Las pasiones se juntan: un gol, una canción, una comida, exclusivos para mi. La emoción se vuelve inevitable, te necesito. Un arrullo de cuna radial, se vuelve magia, encanto y placer. La alegría, el enojo, la nostalgia, primerísimos actores de esta obra de dos días. Shalom, paz, serenidad, cantos de mi alma que me acompañan hoy y mañana. El refinamiento de unas rosas blancas, la luz tenue de un velador, perfecto paisaje dominguero. Dos copas de champagne esperan ser disfrutadas, celebrando la vida. Fin de semana, te quiero, te extraño y siempre te espero hasta la próxima vez.

Teresita Vago
Farolas en torno a la laguna 


  Caminábamos despacio, como escrutando el modo de volvernos a conocer. Ella sorbía con placer el aire nocturnal de noviembre, en las cercanías de la laguna.
  Comentó algo acerca de que sentía culpa por haber tardado en llegar, pero su madre aún la presionaba para impedir este encuentro furtivo.
  Se detuvo un instante, casi a la orilla del agua, con la cabeza gacha, y  la oí reír. O llorar. No me atreví a preguntar; solo contemplé su cabello iluminado por una luna amarillenta y perturbada; su perfil encubierto por hebras rubias casi permitía adivinar el contorno de su rostro.
  El viento comenzaba a mecer la tranquilidad del agua y en medio de aquella inquietud, mientras intentaba encender trabajosamente un cigarrillo para compartir, la oí nombrarla. Luego, desviando el rostro aniñado hacia las farolas que alumbran el muelle, donde habíamos estado casi eternamente(al menos para mí) dijo unas palabras ininteligibles. Tal vez fueran polacas. Su padre había nacido y crecido allí. Su madre… su madre tenía el inusual aspecto de esbelto indígena sudamericano.
Sofía, heredó de ella la figura delgada, frágil y la exacta manera de reír y llorar, siendo estos dos últimos aspectos, tan similares que costaba distinguirlos.
   La nombré con un dejo de aliento. Mi mano temblorosa le pasó el cigarro. Ella lo tomó con sus delicadas manos y algo en aquél gesto o quizá fueron sus ojos rozando los míos, me despertó una insólita excitación.
-Ya está hecho- dijo, soltando las palabras a un viento que se las llevó muy pronto, como si quisiera redimirla.
   No atreviéndome a contestar, recorrí sin moverme, las ondulaciones de la laguna que, de repente, esa noche habían cobrado un horroroso significado.
-Volvamos- oí decir a la voz de acento y cadencia musical. Cualquiera al escucharla evocaría, erróneamente, la imagen de una bailarina diminuta girando sobre una caja de música.
   Sus dedos fríos rozaron los míos, como a veces esas aguas profundas rozaban los cuerpos despojados de misericordia, precipitándome a un grito apagado.
   Tomé el cigarrillo, junto a su beso, como un recuerdo maravilloso.
   En mudo acuerdo, volvimos pisoteando la tierra encharcada del camino que llevaba al muelle de madera añeja, a las luces que lo rodeaban en la soledad de esas altas horas.
   Antes de llegar  a su auto, aparcado a solo unos metros de la laguna, me invadió un escalofrío. Ella lo notó, volvió su rostro de hada hacia la orilla susurrante y no conseguí descifrar si lloraba o reía.
Lisandro Bechir

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