Imaginario 9
Julio 2009
¡Estoy viva!
¿Realmente estoy viva?
¡Si estoy viva!
M corazón en su frenesí
Habla sobre los sueños
Que están en el mar interior.
Viva esta mi alma
Un amor apasionado
Abraza el cuerpo mío
Pequeño y cálido.
Vida mía
En tu cosmos mágico
Los recuerdos altaños
Perseveran en la mente
Y permanecen vivos en el ser.
Estoy viva en mi universo
Solo las ilusiones
Aquietan el gemido del alma.
En el remanso de la noche
Los pensamientos míos
Viajan en el infinito
Y dejan sensaciones placenteras.
El alma tranquila
Todavía respira
Se entrega a cada suspiro
De un amor dulce
Que abriga el destino.
El corazón en su loco ser
Vive cada instante,
Las alegrías parlanchinas
Me acunan en su música
Y brindan emociones a mi cuerpo.
¿Cuántos recuerdos guardan la mente?
Esos bellos recuerdos
Avivan el alma dormida,
Melodías suaves
Endulzan los oídos
Y perturban el corazón mío.
¡Estoy viva!
Solo quiero amar plenamente
Y vivir la sabiduría
Existente en lo profundo del alma.
Luana Miranda
Soledad
Soledad que yaces
en mi corazón desierto,
Nutrido de angustia
Sumergido en llanto,
Por el desencanto de no tenerte.
Soledad que dueles,
Que exclamas en el silencio un grito
Que despojas mi alma
Ala oscuridad oculta
Que sumida en el vértigo se acuna.
Soledad que viertes
Gota a gota mi sangre tibia
Como gotas de lluvia
En veranos ardientes.
Soledad que acosas
En las noches sin estrellas,
En los amaneceres sin desvelos
Mirando el horizonte.
Exhausta, por el desconsuelo
Que agudiza mis sentidos,
Hastío de esperanzas
Por tu regreso espero.
Soledad que hieres,
Que debates mi mente débil
En la memoria inerte
De neuronas devastadas
Condenadas al olvido.
O al recuerdo frágil.
Memorias de palabras tenues,
De sentimiento austero.
De tus mano lánguidas
Como alas aterciopeladas.
De aquellos ojos profundos
Con luz resplandeciente
Como luceros encendidos
En la breve oscuridad.
De aquel jardín de ensueños
Con fragancias primaverales,
Bajo el crepúsculo dorado
Cuna de apasionadas noches.
Cuando el amor era vida
En el universo de los sueños
Donde soñando me enamoré.
¡Todo me sabe a ti, amor!
Amor que te disipas hacia la nada
Amor que dejas huellas en el alma
Forjando soledad a quien te ama.
Desterrando tristezas que has sembrado
Tan sol por haberte amado mucho.
Tan solo por haberme amado poco.
Male
Despertar
Sonó el despertador. Comenzaba un día más en aquella realidad de pesadilla. Pedro se abrigo bien, aunque nada alcanzaba para combatir el frío que muchos sentían en el alma.
Caminó sin desviar la mirada, siempre con los autos de frente, con la loca ilusión de que podría huir si venían a llevarlo. En realidad, todo se volvía peligroso para ellos; el mismo gesto, la menor palabra que les pareciera sospechosa, eran motivo para que los llevaran a quién sabe dónde. Lo que sí tenía claro era que muy pocos regresaban.
Por temor, por comodidad, pero con esperanzas de que pronto terminara esta pesadilla, es que se comportaba como robot, desconfiando de los más cercanos, hasta de su propia sombra.
Trabajó en la oficina hasta mediodía. Todos hicieron un recreo para mirar el partido de Argentina. Muchos gritaban los goles con tanta felicidad que parecían ajenos a la realidad…será que a él le costaba tanto reír.
Se hicieron las 5. Sin demorarse tomó sus cosas y regresó como lo hacía todas las tardes, si imaginar lo que le esperaba.
Subió al colectivo. Cuando levaba la mitad del recorrido, un par de autos se encontraban impidiendo el paso. Un hombre de civil subió y comenzó a pedir los documentos a todo el pasaje.
Un muchacho de unos 20 años rogaba a los gritos que no lo llevaran. Pronto había 4 empujándolo, golpeándolo y gritándole.
Lo arrastraron hasta la puerta trasera del colectivo. Fue ahí que sus miradas se entrecruzaron. Pedro olvidó lo que se había propuesto (comportarse como un robot). Fue un segundo, en que ambos se miraron a los ojos. Pedro y ese muchacho indefenso compartían el horror y la sensación de impotencia.
Pasado unos minutos, la tensión cesó, y el colectivo continuó su marcha, pero Pedro ya no podía continuar con su actuación, no podía olvidar los ojos de ese joven. Se atrevió a sentarse en el lugar que antes él ocupaba y allí encontró su cartera y luego de pensarlo mucho, la abrió. Allí se encontró con una foto en la que se mostraba a aquel chico con su familia, y detrás tenía una escritura que decía: 2Si me pasase algo llamar a este teléfono”. Nuevamente, Pedro dudó en qué hacer. Llegó a su departamento. Sin poder comer, se recostó.
Habían pasado unas horas de insomnio cuando pensó que era hora de dejar de vivir como un ente, como un robot, y hacer algo para intentar cambiar esa terrible realidad que atormentaba a tantos y que le había quitado amigos, familia y hasta desconocidos.
Tomó el teléfono, marcó el número, y una mujer, de voz dulce, serena, atendió…
Sonó el despertador, corría el mes de Noviembre de 1983, y por suerte, la pesadilla había terminado.
Cautivada
El fotógrafo judío
La acotación de mi mujer me hizo pensar: “¿viste que en la iglesia ya no dejan sacar fotos durante las comuniones? No está mal. La gente iba sólo a sacar las fotos de sus hijos, y a casi nadie le importaba la comunión en sí…”
La frase así pronunciada, hizo mella en mis pensamientos. Quise retrotraerme a mi primera comunión… ¿Mi primera comunión? Casi no la recordaba.
Brevemente, como un destello, el moño en mi brazo. La camisa con una suerte de puntilla y el almidón que tanto me molestaba, rígido, sobre mi piel infantil. Nada más. Ni las estampitas que teóricamente repartí esa jornada esperando recibir, a cambio, algunos pesos de vaya a saber qué signo monetario.
¿Cómo no iba a recordar la primera comunión?
Desesperado, llamé a la única persona viva que podía servirme de testigo: mi madre.
Telefónicamente –estamos en diferentes ciudades- me contó con detalle cómo había transcurrido el evento, quiénes habían sido invitados, qué cura había participado del sacramento. Eran nada más que datos que evocaban en mi mente. Ni una sola imagen tomaba forma en mi cabeza.
“Estás muy estresado. Tenés que parar un poco.” Fue la respuesta de Nelly, mi madre.
De nada servía su afligido consejo. Para mí, no había habido primera comunión. No existía.
Revolví entre mis objetos de niño. Descubrí pequeñas joyas atesoradas: partes de mi infancia guardadas en un cofrecito, muy casero, hecho por mi padre. Finalmente encontré una estampita (una tarjetita) que decía “Recuerdo de mi primera comunión- Parroquia del Perpetuo Socorro…” No había duda alguna. Había tomado la comunión junto a otros niños: Pablo, Indalecio, Ignacio, Bernardo… Nombres que desde hacía años no tenían un rostro propio.
¡Cómo podía ser que no recordase nada? Ni siquiera los regalos que seguramente habría recibido.
Pasaron los días, llegaron nuevas preocupaciones, y olvidé aquel asunto sin detenerme más en él.
Recibí el llamado de uno de mis compañeros de
De golpe me quedé sin imágenes de mi paso por el Secundario y tuve que correr a uno de los álbumes que conservo en casa, a pesar de mis reiteradas mudanzas. Una de las fotos…me encontré en el mástil del patio, formado con algunos de los compañeros. Sin embargo, nada vino a mí, ninguna evocación visual. ¡Que raro verme en uniforme, peinado raya al costado! ¡Y tan chico!
Lo sucedido, sumado a la amnesia de
El clínico aseguró que era unas de las tantas manifestaciones del estrés (como decía la vieja…) y que los laberintos de la cabeza jugaban ciertas malas pasadas, sobre todo cuando uno estaba pasado de revoluciones. No le creí. No con esos recuerdos.
Los días que siguieron se borraron también mis cumpleaños de niño, Néstor y la amistad juramentada como hermanos, las visitas al zoológico, Titanes en el Ring y Carlitos Balá. Más me adentraba en mi infancia, menos la visualizaba. Sí conservaba un “soporte histórico” (por así llamarlo) de cada tema, pero ya no tenía registro gráfico alguno. Simplemente las imágenes desaparecían.
Lo que narré duró unos quince días. El día dieciséis viajé en busca de las imágenes perdidas en mi casa paterna. Durante el trayecto- y para prepararme- escuché música de Virus y de Los Twist. Llegué, le dí un beso rápido ami madre y corrí al placard donde ella guarda todas las fotos mías y de mi hermano, las de cuando éramos chicos.
Me zambullí en las cajas y entré a revolver aquellos sobres papel madera con las fechas anotadas a lapicera en sus frentes: “1.964: 1er. Año Marito”…”Comunión Daniel”, y todos, absolutamente todos, contenían imágenes borrosas, o directamente negras o veladas. Lo único que se apreciaba, sí, era la cartulina que rodeaba cada ¿foto? Y que llevaba impresa, en letras azules oscuras, el nombre del fotógrafo de toda nuestra infancia: “David”.
David, aquel señor tan adusto que retrató casi todos los actos importantes de nuestra niñez. Que poseía un estudio fotográfico antiguo (ya en esa época…), un local clásico y que a veces daba miedo; con cortinados de terciopelo negro, la cámara de cajón, y unos reflectores ue hacían cerrar los ojos. David, rechoncho y bonachón como el señor de Quaker, pero al que nunca ví reír.
David, el fotógrafo judío que, según mi madre, había fallecido dieciséis días atrás llevándose consigo su obra. Y mis recuerdos…
Mario Bolla
Entrada más reciente Entrada antigua Inicio

0 comentarios:
Publicar un comentario