Revista Imaginario 10
Agosto 2009
Misterios y claves
En el misterio está la clave.
En el insondable abismo de lo
/cotidiano.
En el paso del Tiempo,
que no existe.
En el aire nuevo del otoño,
de la vida añeja.
En el agua,
que aún siendo la misma,
renueva y apaga.
En la claridad de tu mirada
cuando dices con los ojos
lo que calla tu alma.
El misterio está en la clave.
De las palabras
que libres, no vuelven.
y atan, aprisionan.
¿Cómo decirlo?
¿Cómo descifrar la espesura?
¿Cómo alumbrar las cavernas
llenas de atavismos?
¿Cómo encontrar los signos viejos
en las eras nuevas?
¡Cuántos ladrillos cayeron del muro
donde apoyé mi vida!
El espejo me muestra una cara
que ya no existe.
Resisto y trato de encontrarla
y el espejo se rompe.
Intuyo los cambios y los sufro.
Busco misterios y claves.
Acaso no existan...
Quizá de eso se trate.
¿Podré escapar a mi afán?
Tal vez sólo tenga que dejarme
/vivir.
Acaso el misterio sea encontrar la
/clave.
Acaso la clave
sea el saberlo…
Gustavo De Gerónimo
La mañana
La mañana a principios de primavera lucía prometedora de un día caluroso.
Me sentía eufórico mientras caminaba las dos cuadras que distaba mi trabajo, al tiempo que mentalmente repasaba mi agenda para ese día.
Por la mañana, la señora Jiménez, mi clienta, tenía un juicio de propiedad por embargo por una deuda incumplida…, cosa muy común en estos días. A primera hora de la tarde la cita era con la señora López, le sigo un juicio por divorcio y su marido se niega a firmar el consentimiento. Después la señora Juárez y su demanda de manutención a su ex…
¿Dónde estoy? ¿Qué pasó? ¿Qué es este lugar?
Estoy en una cama y mi esposa llora a mi lado…
No puedo hablar, preguntar…
Observo que estoy conectado a una máquina que marca los latidos de mi corazón…tengo tubos, sondas, mi brazo derecho está vendado. No siento dolor, sé que estoy muy herido…
Un médico se acerca a mi mujer.
-No puede permanecer aquí, señora. – le dice- no está permitido tanto tiempo en terapia. Con amabilidad la conduce afuera.
. Estoy solo ahora, me siento extraño.
Pienso…Creo que el camión me chocó cuando cruzé la calle. Debió ser eso…
Pasan las horas (supongo) . Todo sigue igual.
Tengo una sensación de pesadez, como sueño, ahora soy liviano…floto…
La máquina que monitorea mi corazón empieza a emitir un sonido de alarma.
De inmediato entran enfermeras y médicos.
Me siento raro, me veo lejos, como si estuviera fuera de mi cuerpo.
-¿Qué me pasa?- trato de hablar aunque no escucho mi voz.
-Estás muerto- me contesta una voz a mi lado. Es fría, cortante.
Lo miro, es un hombre. Muy elegante, algo hay en él, una rareza que no entiendo. Su mirada es penetrante, el cabello renegrido le llega a la mitad de la espalda, su barba es muy prolija…
Su presencia me infundía miedo.
-¿Quién eres tú?- pregunté cauteloso.
-
-No. No puede ser, soy tan joven- dije atónito.
-No hay edad para morir.- declaró solemnemente.
-Y ahora qué va a pasar…
-¿Qué crees?
No supe que contestar. Veía como los médicos se esforzaban por devolver la vida as mi cuerpo inerte.
La muerte seguía inmutable. Sus finas ropas cambiaban de color con cada movimiento. En verdad, a pesar de su elegancia infundía terror.
-¿Tú eres la muerte?- pregunté totalmente aturdido.
-Me llaman de muchas maneras. Tú me conoces como
-Pero
-Sí. Las personas me temen tanto que me representan con una imagen de misterio y terror.
-¿Y no es así?
-Claro que no. Lo más seguro e inevitable que tiene la gente desde que nace es la muerte.
-Quiere decir que tenemos un camino marcado.
-Casi. Hechos concretos como cuando nacer, cuando morir…El resto es libre albedrío. Por ejemplo- hizo un gesto con la mano y su ropa brilló de varios colores- nadie es asesino porque el destino lo quiso sino por propia decisión.
-Y… después de morir ¿qué pasa?
-Hay quienes creen el ir al Paraíso o al Infierno. Otros creen en la reencarnación. Otros suponen que al morir todo se termina. En fin, creencias hay muchas, tantas como personas
-Pero yo…tenía tanto por lo que seguir, me quedaba tanto por hacer…
-¿Qué te hubiera gustado hacer?
-Las personas viven planeando el futuro, sin disfrutar el presente. Añoran el pasado con nostalgia de lo que fue mejor o recordando problemas o peleas antiguas con ansia de la oportunidad de vengarse…
-Pero no se puede vivir al día.
-No. Pero el pasado es eso, y nada que se haga lo cambiará. El futuro es incierto. Puedes y debes tener proyectos pero no vivir solo para eso, sin ver el presente.
-No quiero morir, tengo miedo- confesé.
-¿A qué?
-No sé, a lo desconocido, al después, a ti.
-¿A mi? Yo solo llego y los acompaño a cruzar al otro lado. El camino final. Después cada uno sigue solo.
De pronto me sentí raro. Como atraído hacia mi cuerpo.
-¿Qué me pasa?
-No morirás hoy.
-A veces- dijo mientras fijaba en mi una mirada irónica- cuando las personas viven obsesionadas en l material 2les aviso” que la vida es algo más que correr tras el dinero, el poder o las comodidades. A veces un accidente, como en tu caso. Otras un susto, la falta de alguien. Así tal vez reaccionan y comprenden.
-¡Recordaré esto?
-¿Entones…
-Algunas cosas.
La imagen de
Sentí revivir mi cuerpo. Creo haber tosido.
-¡Reaccionó! ¡Reaccionó!
El equipo de profesionales controlaba mi estado de salud.
Mi esposa entró llorando y riendo. Como pudo, entre os cables y sondas que tenía me abrazó y me besó.
Sentí que nacía de nuevo, a una vida nueva.
Claudia Fernández
Parthenis y el discípulo
Parthenis se vistió cuidadosamente y comenzó a descender la montaña. El sol se amontonaba sobre los árboles. El viento ondulaba su cabello perfumado con lavanda y arrollaba los pliegues de su túnica quizás con la intención de demorarla.
Corrió por el sendero reducido por arbustos espinosos. Sus brazos se cubrieron con marcas rojizas. Se mordió los labios; estaba fatigada. No obstante, nada la detendría.
Ya divisaba las enormes rocas que ocultaban la caverna. Comenzó a llamarlo una y otra vez. Solamente escuchó el sonido del agua que caía, avanzaba y se sacudía en su cauce. Intentó nuevamente; el silencio fue infinito.
Intuyó algo inmediato e irreparable y no se equivocó. En el suelo húmedo, mugoso de la caverna, yacía el discípulo. Sobre su mano izquierda se hallaba el corazón cuidadosamente extirpado y at4ravesado por una daga.
Brotaron de su garganta sonidos agudos, lastimosos, que perforaron las piedras y despertaron los fantasmas de la muerte.
Entonces una luz blanquecina desplazó las tinieblas y una voz desagradable le dijo:
“Soy el maestro, él era mi discípulo, un servidor del Templo. Tú lo hechizaste llevándolo a las profundidades carnales, a la oscuridad eterna. Tu ignorancia y su indisciplina me forzaron a hacerlo”.
Ella ya no lo oía. Se acercó lentamente hacia su amado, levantó su cabeza con ternura, posó sus labios sobre la boca apagada y balbuceó palabras indescifrables. De inmediato un denso vapor azul comenzó a envolver sus cuerpos y desaparecieron.
El Gran Maestro, el Gran Sacerdote de la doctrina, no pudo destruir los principios del amor. Luego una sustancia azulina, pegajosa e intocable, tapió la entrada y un fuerte aroma a lavanda cubrió la montaña.
Franca Caputo
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