Se desprendía la mañana sobre la tierra húmeda del patio, las luces se iban apagando como soplos de feliz cumpleaños, una a una.
El perro somnoliento despertaba sobre la alfombra y al sentir los pasos corrió esperando la caricia, ella pequeña y suave le entregó su mejor sonrisa.
De la cocina se perpetuaba el aroma placentero, ta conocido trascendie4ndo los muros de la casa, llegando a la vecindad.
-Hoy vendrá- decían y era viernes.
Al salir al jardín Ana, aspiró el aroma de sus nomeolvides, cortó un ramito y lo adhirió al salto de cama.
Entró presurosa a la sala, acomodó en hileras los almohadones de colores, encendió el fuego, de una chimenea esperanzada de calor, abrió la ventana y un sol asustado irrumpió por los rincones.
-Lindo día se dijo complacida.
Luego, subió, con cada escalón su corazón palpitaba con más ritmo, se cambió cuidando cada detalle, el saquito rosa, el collar de dos vueltas y la pollera gris. Peinó el cabello cubierto de delicadas líneas peltres y pintó sus labios con un tono rosado. Faltaban los pendientes, el obsequio de él, de un día viernes de hace siete años.
Bajó, ahora más reposada.
Arregló la carpeta blanca de la mesa y las yerberas frescas, de colores, iluminaban el Comedor, salió presurosa hacia la cocina, sacó del mueble el servicio de té, colocó el mantel azul y las tacitas, estiró con sus manos, de uñas sin pintar, las servilletas y preparó el samovar. Era muy temprano, para acortar las horas salió al patio trasero, el césped oloroso hacía alfombra bajo los pequeños zapatos negros, tendió la ropa blanca sobre el cordel, parecían banderas de recibimiento.
Una brisa fresca sacudió su cuerpo, estaba haciendo frío.
Dejó los enseres en el lavadero y se fue, despacio, hasta el sofá, estiró sus manos y las calentó ante el fuego.
Ahora había que esperar, un dulce aroma de canela y limón se esparcía por toda la casa, cerró sus ojos complacida.
El péndulo bailaba los minutos, uno a uno. Se despertó sobresaltada, miró el reloj, las cuatro y media, ya era tiempo. Arregló su ropa y con pasos seguros fue a prender el hornillo, sacó la bandeja y colocó en forma de pirámide las aromáticas galletitas, tal cual le gustaban a él.
El impertinente timbre la sobresaltó. -¿Quién sería?- Él no. Él tenía llave.
Caminó sobre la alfombra clara y abrió, sus ojos eran estrellas de alba color ámbar. Y ahí estaba, encanecido y un poco encorvado, pero con la mirada del mismo color de la mujer.
-Hola, te esperaba. ¿Y la llave? Seguramente la perdiste.
-Entra, hace frío.
Y ella le ofreció su abrazo y él lloró desde el tiempo de un día viernes.
-Está bien- y con palmaditas le repetía:
-Ya estás en casa- Y con la mirada complacida se tomó de su brazo y fueron a tomar el té con masitas, mientras él le daba el beso que hace siete años no pudo, cuando ellos se lo llevaron.
Mientras la tarde se escapaba, el aroma de canela y limón invadía el regreso del hijo amado.
Liliana Esther Espósito Agüero
Madre sinónimo de amor a cada niño aunque no lleve su sangre.
Madre sinónimo de protección, de cariño, de lucha, de sacrificio.
Madre sinónimo de amar eternamente.
¿Cómo separarme de mi madre? ¿Cómo separarme de mi hija?
Jamás podría…porque son parte de mi vida.
¿Tendré de mi madre la constante lucha inagotable y su amor sin fin?
¿Tendrá la hija el capricho de seguir mis intuiciones por la vida y mi fe? N lo sé.
Solo sé que el amor de una madre continua en una hija, y no hay muertes, solo hay vida, hay amor y alegrías, hay tristezas compartidas y una eterna algarabía.
Aunque no lleve tu sangre, yo tengo tu compañía.
Al despertar cada mañana, tus ojos antes me miran.
Porque al llegar a tu vida me diste todo de ti.
Un amor grande y profundo, me ha cuidado noche y día.
Tu desesperada preocupación por verme cada vez mejor,
por hacer las cosas bien, por preguntarle a Dios.
Por llevarme al pediatra mil veces para un control.
Aunque no lleve tu sangre vos sos la mejor mamá,
porque vos elegiste cuidarme.
Gracias por todo tu amor.
Gracias por esta vida.
Gracias por tu feliz compañía.
¡Gracias por ser mi mamá, la más querida!
Nilda Norma Scarvaglieri
Nadar
Solo estoy conmigo misma
y en mi piel nace este deseo.
Deseo que la infancia coloreó de ensueños
Azules como los ojos de Cristóbal.
La luna dejó paso a la luz del sol
y camino en paz, desnuda
hacia el mar calmo
que juega con las estrellas.
Como un perfume dulce, en flor.
Nadie puede entender lo que siento
cada vez que llego al agua
toda la historia de mi vida
se justifica al tocar las olas
como si besara al hombre más amado
y fuera correspondida al fin.
El pudor y el no poder
son sensaciones que se las lleva el viento
y el desear, el llorar, el amar
crecen dentro mío como un innato sentimiento.
Solo estoy conmigo misma
Y me interno en tu útero materno
Me olvido de quien soy, fui, seré
Ya que estoy completa, feliz, plena
Poderosa como Afrodita, vulnerable como un bebé
Sexy, femenina, demasiado mujer.
Me transporto más y más profundo
en tus aguas milagrosas
Y mi espíritu es como una canción de cuna
suspirando cada vez más lento.
Nada más me importa
acurrucada a tus pies de algas
superada de placer
sin poder explicar lo que me pasa
en mis susurros suaves
bajo el tranquilo halo que me acaricia.
Solo estoy conmigo misma
Dichosa de verme mojada
en medio de los peces
luminosos guardianes de mi alma.
Oceánica como soy,
siento la más hermosa sensación
que ni todo el oro del mundo
podría quitar este amor.
No hay ningún amanecer
que no me despierte
sin saber que te soñé
porque te amo.
Solo estoy conmigo misma
regresando a la orilla, en trance
me quedo dormida, abrazada a tu ternura.
No me despierten por favor,
Mi sueño tiene éxtasis y espuma.
Teresita Vago
Café con estrellas
Sentado en la calle, en la noche saboreo
un humeante café como en viejos tiempos.
La taza miro. En su espejo errante
aparece una estrella. La bebo en un instante,
y pronto aparece otra estrella nueva
que vuelvo a beber. Mi garganta lleva
bebidas estrellas, galaxias, planetas,
la vida y la muerte, la materia sin nombre
y todo el infinito que imaginó el hombre
en el simple reflejo de una taza que humea.
Ezequiel Feito
Viejo puesto de estancia
Naciste allá por 1900 y todavía estás en pie. Cuantos inviernos y ventarrones aguantaste. Hasta hoy te acompañan unas talas y algunos ombúes, el aljibe, una vieja volanta y un añejo arado mansera que se resiste al paso del tiempo.
En las talas y ombúes todavía anidan algunas tijeretas, calandrias y algún hornero para cantarte cuando sale el sol.
Viejo puesto, que con el paso del tiempo te quedan las hilachas de rancho de adobe. Todavía se siente el olor a querosén de tus viejas lámparas que alumbraban las noches de tristeza y alegría. Todavía retumban los acordes de una verdulera y alguna guitarra en tu patio de tierra. Todavía quedan las cañas colgadas sobre los tirantes donde se colgaban los chorizos de chancho, los jamones, alguna bondiola y las morcillas de la carneada que ya terminó.
La estancia ya cambió de varios dueños y vos seguís parado ahí, porque en las entrañas de tu viejo rancho todavía anidan gorriones, golondrinas y alguna ratonera. Pero también conviven cuises, peludos y zorrinos que son los dueños del lugar.
¡Cuantos amoríos con los hijos de los puesteros del lugar quedan en el recuerdo1
Y ahora llegó un nuevo dueño que poco le importa de la historia de este rancho que no quiere aflojar al paso del tiempo. Ya le han cortado las cadenas de la vieja tranquera de madera que cuidaba de éste y ahora será abierta para que la novillada entre a rascarse sobre el mismo para que lo terminen de tirar. Aún así, el rancho resiste los embates del tiempo, aunque el patrón dio la orden de echarlo abajo porque según él no sirve para nada.
La historia de este rancho quedó diciendo. “Señor soy del 1900”.
El sureño
Sin Título
Esta historia ocurrió un día que iba paseando por mi pueblo (San Agustín), en la esquina de Blanco, el quiosquero, sobre la avenida principal ¿vieron donde para el colectivo?, estaba muy paradito un elefante, ¡sí, un elefante enorme! Y lo más increíble era su color ¡era de color rosa! ¿Se imaginan mi confusión? Un elefante y encima de color rosa.
Me fui acercando despacito, tengo que reconocer que tenía un poco de miedo.
Como les contaba me acerqué hasta que estuve pegadita a él y en voz muy bajita le pregunté si necesitaba algo, y ahora viene lo más increíble; me contestó que estaba perdido y que estaba esperando un colectivo que lo llevara a su tierra que extrañaba mucho. Me senté a su lado y me contó una historia, se llamaba como se imaginarán, Trompita. Me dijo que venía de muy lejos, de África y que no se acordaba como llegó aquí, pero que necesitaba volver con su familia.
Me contó que vivía en la selva donde el piso era de tierra y no se lastimaba las patas como acá, que había muchos árboles y un río enorme donde se bañaban y tomaban agua, que viven muchos leones y avestruces, también muchos pájaros muy lindos, que pasaban las tardes jugando y por las noches dormían bajo un cielo repleto de estrellas; me dio mucha pena de solo pensar como me sentiría yo lejos de mi familia y de mi lugar y le propuse ayudarlo, aunque no tenía la menor idea de cómo. Primero lo llevé a casa. Imagínense la cara de mamá y papá cuando me vieron llegar con un elefante que encima hablaba. Bueno, después de contarle toda la historia y de convidarlo a tomar leche con pan y manteca, nos pusimos a pensar como lo ayudábamos a llegar a África.
Pensamos y pensamos hasta que a mi hermano se le ocurrió llamar al abuelo Roque que vive en Buenos Aires y trabaja en el aeropuerto para preguntarle si podíamos embarcar a Trompita en algún avión que fuera a África. Él nos dijo que iba a hablar con algunos amigos y después nos contestaba. Para cuando llamó a la noche Trompita se había comido 50 kilos de maní y se había dormido en el patio. Nos dijo que sí, que al otro día lo podían llevar, así que lo despertamos y le dimos la noticia, hizo un agujero en el piso de los saltos que pegó y nos fuimos todos a dormir. Íbamos a tener mucho trabajo al día siguiente.
Bien tempranito a la mañana siguiente desayunamos y salimos a buscar a un camionero amigo para que lo llevara a Buenos Aires.
Como a las 10 de la mañana Trompita estaba listo para viajar y muy nervioso porque le daba un poco de miedo subir al avión. Nos despedimos con un poquito de tristeza, porque nos habíamos encariñado con él, pero muy felices ya que iba a volver con su familia que es donde uno debe estar.
A la noche nos llamó el abuelo para decirnos que Trompita ya estaba en viaje y que todo había salido muy bien.
Y esta es la historia del día e que me hice amiga de un elefante de color rosa, ¿vieron? En cualquier esquina uno puede encontrar a un amigo a quien echarle una mano.
Y colorín colorado este cuento ha terminado.
Verónica Ramazzotti
Detrás de la tranquera
Detrás de la tranquera
el campo, “La Molai”.
Detrás de la otra,
Mi hogar.
Casa rosa. Simple hogar.
Una pared, junto a la otra...
Recuerdos. Vivencias;
nuestra casa.
No siempre color de rosa.
Nuestra casa.
Buen hogar. ¡Linda familia!
Detrás de la tranquera
el campo, la tierra,
el sol, el agua.
Detrás de la casa,
el arado, el molino, el hogar.
Detrás de la tranquera
nosotros, la vida,
el mate, la ilusión,
la música; el amor...
detrás de la casa,
nosotros. Mi familia,
Dios. El lápiz y el papel.
Marina Ibarlucea
Desmalezo palabras
cubriendo ríos blancos
para descubrirme.
Y pernoto entre líneas
que claman razones.
Se torna indócil
cada sílaba para comprenderme
y funden los silencios
estas letanías
de ripio que asoma.
Decir de vientos,
bajo la dimisión
de sentimientos,
que segregan latidos
de grandes pasiones.
Destejo los días
que permiten llevar
conmigo mi estigma o
mi oda de miedo.
Estoy aquí sosteniendo
mi fuerza y
esa resistencia
deja plasmar los cantos
singulares de aciertos.
Mi mano es escribiente de mi corazón…,
ya no hay playa para mis soles, digo.
Aún así estoy en paz
porque he amado las letras
y vencí al tiempo.
Liliana Espósito Agüero
Cuando una de estas noches escuchás mi voz
en la copa de los árboles o… tal vez
en el entrecerrar de una ventana
y… yo te hable de ti, y tú te confieses ante mi
sabrás que yo sin ti no existiré.
Palabras de “El viento”
Yo soy el viento
Susurro del viento
que en este momento aprietas mi pluma con tanto fervor.
Y así yo, expresar lo que estás diciendo con tanto dolor.
Dices que el mundo entero vive sin saberlo,
que el tiempo infinito ya no tiene tiempo
de pasar el tiempo que no puede ser.
Ser indefinido es igual que el tiempo.
Si, yo soy el viento, y te digo tantas cosas simples
que no puedes entender.
Pues yo tengo tiempo y solo soy un susurro suave.
Aprieta tú pluma ya que en mis caricias te cuesta creer.
Si, yo soy el viento.
¿Por qué te preocupas? ¿Acaso no te inquietas al escuchar mi voz?
Cuídame, por favor. Yo dependo (aunque no lo creas) de vos.
El planeta que habitas con tantas sorpresas
se llena de magia en tú transitar.
Pero, cuídalo mucho.
Hay muchas cosas de las que tú inventas
que me hacen perturbar.
Por favor, vivamos juntos.
No contamines mi tiempo
y mis caricias siempre te acompañarán.
Juan Carlos Sagastuy
Sonido del alma
Me gusta estar en el agua mirando la luna y en el anochecer sentir el sonido que dejan los pájaros.
La paz comienza y con una suave caricia dejo a un lado todo el peso que día a día fui acumulando. Mañana tendré otro día y lo convertiré en el mejor.
Ya sé quién soy, me encontré conmigo y me presenté con un lindo papel de regalo y un moño gigante, con una tarjeta que decía: disfruta del contenido, repartí lo mejor de vos y compartilo con mucho amor.
Cris Borao
Amistad
Un amigo es un abrazo,
una palmada en la espalda,
un llamado a tiempo.
Un reto al oído.
Un fin de semana compartido.
U amigo es…
Una verdadera razón
para estar vivo.
Es un café de madrugada,
un buen mate amargo
entre un hijo y otro hijo.
Un amigo es…
Todo.
Un secreto en común.
Una fiesta compartida.
Un problema de dos,
una simple mirada;
una ropa prestada.
Si uno tiene un amigo,
tiene vida.
Tiene alegre el alma.
Marina Ibarlucea
Trapito: la historia
Trapito es un chico humilde a quien sus padres mandan a trabajar para ayudar a sus hermanitos menores. Trapito se ganó el apodo por los vecinos del barrio donde él vivía, porque todos los días el pasaba con el balde para el agua, el secador para limpiar los parabrisas de los autos y con sus trapos colgando del bolsillo de su pantalón corto.
Los padres de Trapito son adictos al alcohol. El no sabe leer ni escribir, porque según sus padres piensan, para que concurrir a la escuela si es mejor que trabaje.
Trapito se para siempre donde hay algún semáforo y ofrece sus servicios por unas monedas que le da la gente. El siempre anda con su sonrisa y cada vez que lo ayudan agradece a las personas, diciendo:-“Que Dios lo bendiga”.
Todos los días sale muy temprano de su casa y vuelve de noche con las monedas que juntó y se las da a su madre para que compre algo para sus hermanos y cuando no lleva nada, hasta le llegan a pegar por no tener dinero para el vino. Así transcurren los días de Trapito que se gana la vida trabajando para ayudar a la casa, y la mayoría de las veces no se lo agradecen.
Un día Trapito estaba parado junto al semáforo, como todos los días, y para un auto, al cual le ofreció limpiar el parabrisas y la señora que lo conducía le dijo que si. Al terminar la mujer le dio dos pesos y Trapito le agradeció de todo corazón. Trapito va a cumplir 14 años y cuando no puede limpiar parabrisas porque llueve, sale a pedir por las verdulerías y alguna carnicería con el objetivo de conseguir algunos huesos para hacer alguna sopa para sus hermanitos que siempre lo están esperando en la vereda de la casilla donde él y su familia viven.
A los pocos días, la mujer que le regaló los dos pesos pasó de vuelta por donde estaba Trapito y le preguntó. –“¿Cómo te llamas?”, y aquél dijo:-“Todos me dicen Trapito”, y la señora volvió a preguntar:- “¿Trapito, no vas al colegio?”, y este contestó:-“No sé leer, ni escribir”. Inmediatamente la señora expresó:-¿Te gustaría aprender a leer y escribir?, y Trapito le dijo que si. Ante esto, la señora le dio una dirección y le indicó:- “Mañana a la tarde te espero, no me falles”, sin embargo, él enseguida contestó:-“Pero señora, yo no tengo plata para comprar los útiles para ir al colegio”.-“No te hagas problema, te los compro yo, te voy a ayudar a estudiar”, exclamó la mujer.
Trapito llegó muy contento a su casa y le dijo a sus padres que una señora lo iba a ayudar a estudiar, pero a éstos no le gustó mucho la idea. Sin embargo, Trapito comenzó a ir a la escuela.
Con el tiempo, con 20 años cumplidos, ingresó a la facultad de medicina, y con mucho esfuerzo y la ayuda de esta mujer que lo rescató de la calle, se recibió con las mejores notas y obtuvo un diploma de honor. Trapito es ahora el doctor Mauricio López.
Por eso cuando un chico te pida una moneda, no lo discrimines, porque puede ser un Trapito, como el de esta historia.
El sureño
La muñeca de la pared
su vestido alegre, su sombrero violeta
me susurra no se que de vidas pasadas
con su boca muda y su sonrisa quieta.
Un paso de baile en la pared adelanta
y sus ojos me miran como insatisfecha
de estar entre el cielo y la tierra de mi pieza vacía
con sus manos abiertas y sus rubias trenzas.
Me asusta el mirarla. Hay de mí en ella
el mismo estatismo que melancólico enseña
un desierto alegre o el infierno de tela
del recordado rostro de la que amé con locura
y en la tumba está. Como ella, tan quieta;
tan ausente, tan lejos de poder alcanzarla
y ahora perdida entre el cielo y la tierra.
Un cielo de nubes que el poniente abrasa
y una húmeda tierra que no la recuerda.
Colgando en leprosa pared cercana al derrumbe
con indecible sonrisa, parece que vela
mi tumultuoso sueño, cansado de soñarte
como antes fueras.
Está frente a mí, tan pálida y bella,
con su muda sonrisa y su callada queja,
con sus ojos que parecen amarme en silencio...
¡ Como la amaba yo a ella !
Marcelo Feito
¿Por qué?
a solas sueña.
Celda interior su espíritu
que agota
pasada ya la guerra.
Sus duendes ya no moran
se han perdido.
Nada comprende. Duelen sus ojos tristes.
Tierra ensangrentada
idéntica aquí y allá.
Sacude el viento. Y todo desfigura.
Ensombrece.
Ni una golosina para ella
no hay abrazos, ni besos, ni muñeca.
Su código doctrinal
que condena la guerra
está olvidado.
Mira su cuerpo untado de sangre y polvo.
Nadie llama, nadie viene,
falta abrigo en la mezquita.
Ayer…
un mundo opuesto.
Hoy…
sólo temblor y frío.
María Gladys Curatte
Tristeza
Siento que me estoy muriendo, de a poco me voy borrando.
Es mi vida, un quebranto de angustias y de dolor.
Ya no tengo más el sol, hoy para todo es tarde,
La noche no me dará lo que tú me diste un día.
¡Era todo alegría, hoy es todo soledad!
Hoy para todo es tarde, si mañana tú no estás.
Nilda Scarvaglieri
Lo abrazaba la noche como una amante celosa. La luna se había tomado vacaciones y las estrellas ofendidas se negaban a brillar; ni siquiera un alma errante andaba por aquellas callejuelas. Hasta las casas alineadas a lo largo de las cuadras proclamaban su tristeza. En cada cruce de calles, una luz distante amortiguaba la oscuridad. Se sabía solo en el lugar, pero la presentía; sabía que la bestia estaba cerca. Hablaban todos de ella pero, nadie aseguraba que existiera y en un acto de desafío, él había declarado que la encontraría. Claro que una cosa era decirlo a la luz del día y otra muy distinta enfrentarlo en la negrura nocturna. La sentía, su fétido aliento parecía rondarle la nuca. Se comentaba que destrozaba a sus víctimas comiéndose solo algunas partes vitales y dejando irreconocible el resto, haciéndose, por cierto, difícil de identificar al desdichado. Las gotas de sudor frío y pegajoso corrían por su espalda en una catarata de miedo y adrenalina. ¡Un reflejo fugaz en la oscuridad! ¿Sería la bestia? No recordaba nunca haber sentido tanta aprehensión. Él no era miedoso. Para los cobardes era el miedo y él era un macho, afirmaba. Unas cuadras más y habría completado su búsqueda sin hallar la tan temida figura. Ya casi saboreaba encontrarse con sus amigos que lo esperaban algunos cientos de metros más adelante. Nunca les diría lo que había sentido, más los desafiaría a que lo imitaran. No aceptarían, estaba seguro, y eso haría acrecentar su fama de recio. Algo se movió en las sombras sobre su cabeza. No vio nada. Creyó oír pasos acercándose, pesados pasos de bestia. Oyó que respiraba cerca de él, pero ya estaba a pocos metros de la meta. Ya todo terminaría. Entonces, lo vio. La horrible garra lo tomaba del hombro. Y gritó con un grito ahogado por el espanto.
Cuando sus amigos se cansaron de esperarlo lo fueron a buscar. Lo encontraron a diez metros de la esquina final. Había muerto de un infarto.
Sus ojos sin vida miraban el terror.
Claudia Fernández
Clara, de cabello oscuro, melena lacia y corta, sonrisa angelical todos los días se la veía por la ciudad.
Organismos y comercios visitaba sin cesar esperando que alguien una moneda le pudiera dar.
Paisaje de la ciudad, ese segmento que es real, que nació ya sufriendo, fue mujer y madre antes de pasar su niñez.
No tenía estudios, ni profesión, la vida la castigó, la calle le enseñó.
El alcohol día y noche, no la dejaba pensar, en esa historia que ella, temía razonar.
En ese mundo inconciente ella prefería estar, sin recordar el pasado donde, sus hijos quién sabe, con quien están.
Graciela Monroi
para mi hija Ariela
Los destellos de una estrella
cayeron en tu cabello.
Y el cielo, tan imponente
le dio color a tus ojos.
Las rosas se deshojaron
al ver tanto desconcierto
y dibujaron tu boca,
para dejar su recuerdo.
Y entre tantas cosas lindas
tenés marcado un camino.
Deseo sea el mejor,
el más correcto,
el más sencillo.
Sé que el viento de la vida
pondrá piedras escondidas,
pero serán las que te muestren
que así aprenderás en la vida.
Y yo estaré siempre
con mis reniegos y risas,
porque serás siempre
una parte de mi vida.
Mujeres…mujeres…nosotras “las mujeres”.
Íconos de belleza
Sensualidad
Emotividad y sentimentalismo
Éxito
Tolerancia
Familia
Pero también…
Íconos de
Rencor
Hipocresía
Envidia
Ambigüedad
Mujeres… solo nosotras podemos ser tan contradictorias sin enloquecernos y sin ser juzgadas.
Cada ser humano escribe lo que puede…
Hay seres que están preparados en la vida por la teoría de los libros y libros que han leído, instruidos por estudios, carreras universitarias, porque económicamente estuvieron bien y pudieron viajar por el mundo hablando diferentes idiomas, probando diferentes platos y usando maravillosos atuendos.
Hay señores escritores que escriben respetando las reglas de la literatura…
O simplemente hay seres que escriben lo que sienten.
Escriben su tristeza, escriben su alegría.
Escriben inspirados por ello la poesía.
La poesía es amor, es sentimiento sin juego de palabras, solo habla el corazón, por el amor de un hijo, por el amor de un hermano, por el amor de un amigo, por el amor, si se está enamorado.
Hay seres que no tienen un buen vocabulario para expresarse porque jamás han leído un diccionario y hay seres que la única palabra que conocen para expresarse
es decir te amo o estoy enamorado o contá conmigo, amigo, o simplemente lo expresan con su actitud.
Por eso, aunque no sepan de alineación, de versos o de estrofas, a veces escriben del aroma de la rosa o de la estrella que ilumina sin cesar, de la furia de un mar que se ha enojado o de la tierra seca y quebrajada que espera a su lluvia enamorada porque quiere volver a renacer en nuevos verdes o apenas margaritas que alegran a unos ojos su mirada.
No le digas que no escriba si no sabe estrofas literarias, porque lo que en el alma siente el ser humano, no hay palabras, no hay escritos, que lo puedan describir.
Nilda Scarvaglieri
Siento la tarde caer, deshojándose en minúsculos segundos. La llegada del invierno provoca en mí esa inequívoca sensación, así como ese frío lamiendo esta ventana por donde miro la calle 25 y la que llamamos Plaza de la Cruz.
Las demás casas, al igual que la mía, se estremecen en un titilar sigiloso.
Las farolas se encienden en la plaza alumbrando torpemente con esa escasa luz de probeta, un puñado de espectros vegetales a medio secar. Una pareja de adolescentes cambia de lugar para continuar su descubrimiento constante y carnal. Cerca de ellos un perro camina, indiferente.
Es justo en ese instante cuando cierro los ojos cobardemente.
Detrás mío, las voces del televisor chillan. Me vuelvo con la conciencia pellizcándome.
El programa es malo. A esa hora todos lo son.
Sin embargo, penas presto atención a la pantalla del viejo Sharp.
Veo el cielo oscurecerse, el aire camuflarse en noche, respirando impaciente, al igual que un viejo presagio.
Mientras el vidrio de la ventana se opaca, intento convencerme de hacer algo. Cuando tomo suficiente valor y me pongo de pie, una luz blanco azulada tropieza desde afuera, con mis ojos.
- Un patrullero- digo, ahogándome en una especie de hipo.
Paso la mano por el vidrio cuidadosamente.
Si. Ahí va la camioneta en mal estado, tosiendo como un animal enfermo. La luz de vigilancia gira y es un faro de designio inverso.
- Lo verán- afirmo, ansioso, junto al frío vidrio, que empaña, parcialmente, mi visión.
El patrullero recorre con lasciva lentitud el contorno de la plaza, repleta de puntos ciegos para ellos. Por eso, no ven la figura estremeciéndose de gozo, contemplando la escena.
. Estoy a punto de gritar, salir corriendo para alertar sobre la situación, pero mi mal acostumbrada cobardía me acompaña, aferrándome sin esfuerzo. Es entonces, cuando acerco mucho más el rostro a la ventana y lo veo a él, nuevamente, detrás de aquel arbusto mal recortado, ese que confunde con una persona; una persona como yo.
Contemplo todo aquello desde mi pasividad. Observo los movimientos calculados, el sigilo, su osadía.
La luna yace bajo una nube y me enojo. Ahora solo tengo una débil visión de la pareja, del otro sujeto y de la aproximación gritando. Contengo la respiración para no empañar el vidrio cuando el hombre (supongo que es un hombre) se cierne sobre ellos.
- Es rápido-concluyo en un balbuceo, aliviado por exhalar finalmente mi aliento aterrado, fascinado, como esta luna perezosa y ciega; esa luna que por fin crece adoptando su habitual postura de estatua celeste.
Me fijo bien, intentando descubrir inútilmente la huida del sujeto, porque posee un don admirable para esfumarse, si es que realmente desaparece por completo.
La plaza mal iluminada queda sumida en el aullido atroz de un perro.
Al igual que la mía, las ventanas de las casas recién comienzan a mostrar la claridad de su interior, como cada vez que él aparece.
Mañana, todos hablaremos del programa de las seis, sin mencionar para nada como se deshoja, fugazmente, la tarde, en este invierno.
Julio Barnes
Soy un hombre arrinconado por los años.
La hierba crece a mí alrededor, me ahoga.
Pasos irreconocibles perturban
mis sueños impares.
Tengo la piedra atada al cuello.
Un nudo vivo.
No hay silencio en este infierno,
ni llanto, ni amor.
Solo un instante tambaleante
con forma de botella.
Y en ella se esconde todo lo conocido.
Un nombre.
El viajero
Imaginario
Julio de 2008
En este camión oscuro esperamos, yo, sentado en la parte de atrás o en la de adelante. Nunca podré saber cuál es cuál. Puedo ver a través de una hendija algo de lo que pasa. De todos modos no es muy alentador, las cosas son extrañas, y si bien me contaron durante mi formación cómo sería, es difícil creerlo. Los gigantes, según puedo interpretar, son los gobernantes, tenientes, coroneles, generales, en fin, aquellos que definen nuestro destino. Una cosa es segura y es nuestro lema, estamos listos para la guerra.
Hacia la “fábrica”, viajan de todos los puntos del país, incluso hasta de países limítrofes, algunos del norte, otros del sur. Hay tipos duros como piedras y otros que, bueno, no tanto. Siempre se produce una mezcla de culturas y costumbres, que luego de las primeras horas se pierde, porque nos hacen a todos iguales. El entrenamiento es duro y puede durar hasta días y, una vez finalizado, nos ponen el mismo uniforme y casco rojo. Dicen que también hay cascos blancos, pero yo nunca vi uno. Tendrían que vernos, quedamos hechos un palo.
Después de esta etapa, viene el proceso de agrupación. Hay batallones de cuatrocientos soldados, de doscientos veintidós y de cuarenta, que son los más chicos. Los grupos más grandes se dividen en subgrupos iguales, mientras que en los grupos chicos permanecen todos juntos. A mi me tocó en uno de los chicos, no digo que sea mejor pero, se llega a conocer mejor a sus compañeros, siempre y cuando el otro este dispuesto, ya que nuestra vida es corta y muchos no creen que valga la pena tener sentimientos por otros y tener luego, que sufrir una pérdida. Ya que es seguro que todos vamos a morir.
En este momento estamos viajando a nuestro destino. Todos están muy nerviosos. Nuestros enemigos principales son dos, uno tubos blancos que nos duplican en altura y, otros, tanques de metal que largan fuego en todo su entorno, justo cuando nos acercamos a ellos.
Y la batalla es difícil para nosotros, si perdemos nuestro casco, todo se termina. Algunos valientes siguen peleando, aunque en vano, ya que nunca ganaremos.El camión se abre y llego a ver unas pinzas que se acercan a mí. Estoy nervioso, creo que el momento ha llegado. Si, es a mí a quien tomaron, soy el elegido. Las pinzas pertenecen a uno de los gigantes, que yo no conozco, pero seguro que es él quien me dará mis órdenes. En sus pinzas viajo a través de un mundo gigante, todo es extraño y nuevo, estoy anonadado, y a lo lejos, creo ver a un compañero luchando contra un bastón blanco en la boca de un gigante pero, no logro entender bien qué pasa. Ya pude divisar al enemigo, son cuatro tanques y no creo tener chances. Las pinzas me acercan a uno de ellos pero, una llama enorme me alcanza y es el fin, perdí mi casco.
Sebastián Gril
Miro mis manos. Tienen sangre.
No me asusto. Ya no es tiempo de asustarse ni asombrarse.
Hace meses estalló la guerra.
Al principio estaba lejos, en las grandes ciudades, pero ahora ya llegó hasta aquí destruyendo todo.
Ya no hay campos sembrados, ni ganado y hasta las fuentes de agua fueron envenenadas por el enemigo.
Guerra.
La guerra lo invadió todo. Una plaga sedienta de muerte y destrucción. No distingue amigos o enemigos, niños, hombres o mujeres. La guerra lo termina todo.
Mi padre fue a combatir. Mi madre y nosotras buscamos refugio en uno y otro lado tratando de escapar de las bombas.
Algunas veces nos oculta bajo las alcantarillas a esperar que pasen los aviones arrojándonos sus bombas; nos cubre con su cuerpo y nos tapa los oídos para que no ensordezcamos con la explosión.
Solo de noche podemos estar un poco más tranquilos.
Hoy nos escondimos bajo un puente y mi madre salió a buscar un poco de comida para nosotros.
Fue alcanzada por una explosión a pocos metros del puente y la vimos morir destrozada.
Aquí sigo yo, no queda nadie más. Una bomba cayó cerca y el puente se derrumbó matando a todos.
Miro mis manos. Tienen sangre.
Busco mis piernas. Ya no están, solo queda una masa de sangre y huesos.
No siento dolor, ya no hay lugar para el dolor, no hay tiempo para asustarme, ni siquiera para llorar…
Tengo nueve años, sé que no llegaré a los diez…
No llegaré al final del día.
Escribir
¿Por qué resulta tan difícil escribir cuando uno está bien?
¿Será que es más fácil expresar lo malo?
El dolor, la angustia
y la soledad.
No estamos acostumbrados
a disfrutar.
O será que disfrutamos tanto de lo bueno
que no lo podemos expresar.
La respuesta es de ustedes.
Yo solo disfruto.
Ursula B.
Dicen que la lluvia
Dicen que la lluvia no sabe que está mojando. No es consciente de su suavidad o fragilidad.
Tal vez cada gota encierre una inteligencia en común para denominarse y proyectar su identidad sobre las cosas.
Porque las cosas son diferentes cuando llueve: el brillo del empedrado en esta esquina; una sensación de limpieza.
Como si cada gota supiese que su destino es arrastrar toda la miasma por los cordones hasta la próxima alcantarilla.
Contemplo el río en miniatura que se ha formado. No se detiene ante nada; nunca es lo mismo: las gotas lo hieren y lo alimentan.
Gotas viajeras desprendidas de otro ríos y mares.
La cadencia de su golpeteo parece un indescifrable mensaje. ¿Será posible desentrañar algo en su dibujo?
Adivino, tal vez imagino, ciertos reflejos que remiten a ciertos tiempos.
El pequeño río es el espejo por donde, en esta esquina perdida, veo pasar mis miserias.
Por momentos, el dolor me gana; por momentos, disfruto de la sensación de limpieza y veo irse a todos los males.
Cada gota golpea con diferente fuerza. Es evidente, aunque contradictorio, que una estructura inefable se esconde en la combinación de las gotas de la lluvia, como las huellas digitales del universo.
Las indiferentes bicicletas cruzan el río como para herirlo de muerte o detener su curso. Pero nuestras amigas son incansables y no tienen olvido: una y otra vez vuelven a su cauce.
¿No será un juego? ¡Antes de volver a ser lluvia, las gotas ya saben que volverán! Acaso varias de ellas ya han estado en esta esquina cuando las calles eran de tierra. Seguramente llevan generaciones intentando comunicarse. Tal vez un día…
Ha dejado de llover. Esta esquina ya no es la misma. La lluvia ha pasado por ella. El riacho es un hilo que el sol y el viento se encargan de secar lentamente.
No he podido decir todo lo que he visto, pero las gotas me han citado para la próxima lluvia, en esta esquina, acaso en otra…
César Gustavo De Gerónimo
Amigo
Compañero fiel
seguidor eterno.
Tu miras mi alma,
la tuya miro.
En ti encontré
un hermano,
sin buscarlo
te encontré.
Perdón
si no te cuidé ni te
mimé,
tal cual quise;
es que no pude.
¡Cómo te respeto!
¡Todo lo que te
mereces!
¡Cuánto te quiero!¡Cuánto me quieres
Gracias,
por quererme,
por perdonarme,
por esta amistad.
Marina Ibarlucea
(Sin titulo)
Dios existe, está conmigo, aunque a veces se enoja y se cansa de escuchar como me quejo... si llueve, si el día está feo, si tengo que madrugar, cuando es mi obligación de trabajo día a día.; si él no duerme a mis pedidos si él no descansa para escucharme minuto a minuto. ¡Le pido tantas cosas!
¿Por qué me quejaré tanto?
Busco tanto la perfección en algunos seres queridos mientras que día a día veo a mis amigas tratando de entender a sus hijos que no escuchan o no ven.
Reniego si un día hay humedad pero, no miro todos los días hermosos de sol que Dios me regala.
Como siento el dolor de los demás en mi propio cuerpo.
Parece mentira pero, es verdad, a veces una felicidad tan grande me invade cuando despierto. Hasta que abro la puerta de mi casa y al salir a caminar veo tanto dolor afuera, y tanto hambre, y me siento tan impotente. No puedo hacer nada para cambiar esa situación.
Hay seres que no escuchan y no son sordos.
Hay seres que no ven y no son ciegos.
Hay seres que buscan la felicidad todo el tiempo y no son felices con lo que Dios les dio, que es mucho.
¿Por qué me empecino en dejar mi casa impecable? Si alguien viene a verme con amor, ni siquiera va a mirar el mantel que puse.
Somos seres humanos, nos equivocamos minuto a minuto.
Pero, lo importante es arrepentirnos y seguir pidiendo perdón.
Nilda Scarvaglieri
Fragmentos
Ignoro quién soy. Solo tengo un apodo: Juancho. Esa es la base de mi realidad.
También, para ser justos, conservo ciertos recuerdos sueltos. Igualmente, ninguno de ellos me dice gran cosa sobre mi persona.
Vivo en la calle. Desde siempre, desde que tengo uso de razón. Tengo amigos nuevos y amigos de antes. De estos últimos pocos. Por una u otra razón se fueron muriendo.
Nadie sabe quién soy. Sólo José “el bizco” reconoció haber oído a alguien llamarme. Una mujer. Esa mujer iba con un hombre de bigotes. El hombre la tomó violentamente del brazo y se la llevó arrastrando hasta un auto “nuevo y caro”. Cuando José vio eso corrió hacia mi pero, justo en ese momento, lo llevó por delante un ciclista. El shock del golpe debe haberle afectado la memoria porque cuando quiso decirme cómo me había llamado aquella mujer de abrigo de piel, dudó, cerró los ojos largo rato, los abrió y con mirada estrávica y abatida dijo con su voz de tenor:
-Perdoname, Juancho. Me olvidé.
Ese día nadie volvió a verme. Me escondí. Traté de esconderme del dolor. Pero, eso es como escapar de la miseria, del olvido.
Dos días después me reuní con mi grupo. Comimos, reímos. Laura, la vieja borracha, contó una de sus disparatadas historias. Nos reímos como locos.
La gente pasaba a nuestro lado. Algunos miraban.
Desde aquellos días tengo sueños raros. Sueño con gente que creo haber conocido. Gente común, decente, con casa y auto. Veo caras. Sobre todo sueño con la mujer de pelo amarronado, que pudo haber sido la misma que vio “el bizco”. Ella siempre me abraza o me besa. Parece sentirse feliz conmigo y yo, claro, con ella. Me nombra una, dos veces. Justo ahí despierto, tiritando, sea invierno o verano. El nombre permanece en mi cuerpo solo lo suficiente como para que mi angustia al olvidarlo, sea feroz, real.
A esa mujer la llamo mamá cuando duermo. Ignoro si habrá sido mi verdadera madre. No sé cómo se siente tenerla. Pero, en el sueño, es hermoso ese contacto. Hay algo especial en nuestra relación, en ese abrazo repetido o ese
mismo beso. Es casi como una vieja fotografía. Significa mucho para mí. Sea verdad o no.
Cuando “el bizco” murió tuve un sentimiento de pérdida similar al que me ocurre al despertar de los sueños con “mamá”. Lloré mucho por él. Fue como un hermano, un tutor. Me enseñó la forma de sobrevivir con dignidad en la calle. Me enseñó a ser limpio y educado. Ninguno de los dos tenía educación formal pero, eso estaba lejos de limitar una educación autodidacta.
Su posesión más preciada era un viejo diccionario Larousse de tapas amarillas. El lo compartió conmigo. Hoy es mi herencia.
Me enseñó a decir gracias y a tratar a la gente de “usted”.
Siempre lo voy a extrañar.
Me llamo Juancho. Esta es parte de mi historia.
Julio Barnes
