Imaginario
Agosto de 2008
La bestia
Lo abrazaba la noche como una amante celosa. La luna se había tomado vacaciones y las estrellas ofendidas se negaban a brillar; ni siquiera un alma errante andaba por aquellas callejuelas. Hasta las casas alineadas a lo largo de las cuadras proclamaban su tristeza. En cada cruce de calles, una luz distante amortiguaba la oscuridad. Se sabía solo en el lugar, pero la presentía; sabía que la bestia estaba cerca. Hablaban todos de ella pero, nadie aseguraba que existiera y en un acto de desafío, él había declarado que la encontraría. Claro que una cosa era decirlo a la luz del día y otra muy distinta enfrentarlo en la negrura nocturna. La sentía, su fétido aliento parecía rondarle la nuca. Se comentaba que destrozaba a sus víctimas comiéndose solo algunas partes vitales y dejando irreconocible el resto, haciéndose, por cierto, difícil de identificar al desdichado. Las gotas de sudor frío y pegajoso corrían por su espalda en una catarata de miedo y adrenalina. ¡Un reflejo fugaz en la oscuridad! ¿Sería la bestia? No recordaba nunca haber sentido tanta aprehensión. Él no era miedoso. Para los cobardes era el miedo y él era un macho, afirmaba. Unas cuadras más y habría completado su búsqueda sin hallar la tan temida figura. Ya casi saboreaba encontrarse con sus amigos que lo esperaban algunos cientos de metros más adelante. Nunca les diría lo que había sentido, más los desafiaría a que lo imitaran. No aceptarían, estaba seguro, y eso haría acrecentar su fama de recio. Algo se movió en las sombras sobre su cabeza. No vio nada. Creyó oír pasos acercándose, pesados pasos de bestia. Oyó que respiraba cerca de él, pero ya estaba a pocos metros de la meta. Ya todo terminaría. Entonces, lo vio. La horrible garra lo tomaba del hombro. Y gritó con un grito ahogado por el espanto.
Cuando sus amigos se cansaron de esperarlo lo fueron a buscar. Lo encontraron a diez metros de la esquina final. Había muerto de un infarto.
Sus ojos sin vida miraban el terror.
Claudia Fernández
A cualquier hora y en cualquier lugar
Clara, de cabello oscuro, melena lacia y corta, sonrisa angelical todos los días se la veía por la ciudad.
Organismos y comercios visitaba sin cesar esperando que alguien una moneda le pudiera dar.
Paisaje de la ciudad, ese segmento que es real, que nació ya sufriendo, fue mujer y madre antes de pasar su niñez.
No tenía estudios, ni profesión, la vida la castigó, la calle le enseñó.
El alcohol día y noche, no la dejaba pensar, en esa historia que ella, temía razonar.
En ese mundo inconciente ella prefería estar, sin recordar el pasado donde, sus hijos quién sabe, con quien están.
Clara, de cabello oscuro, melena lacia y corta, sonrisa angelical todos los días se la veía por la ciudad.
Organismos y comercios visitaba sin cesar esperando que alguien una moneda le pudiera dar.
Paisaje de la ciudad, ese segmento que es real, que nació ya sufriendo, fue mujer y madre antes de pasar su niñez.
No tenía estudios, ni profesión, la vida la castigó, la calle le enseñó.
El alcohol día y noche, no la dejaba pensar, en esa historia que ella, temía razonar.
En ese mundo inconciente ella prefería estar, sin recordar el pasado donde, sus hijos quién sabe, con quien están.
Graciela Monroi
Tu reflejo
para mi hija Ariela
Los destellos de una estrella
cayeron en tu cabello.
Y el cielo, tan imponente
le dio color a tus ojos.
Las rosas se deshojaron
al ver tanto desconcierto
y dibujaron tu boca,
para dejar su recuerdo.
Y entre tantas cosas lindas
tenés marcado un camino.
Deseo sea el mejor,
el más correcto,
el más sencillo.
Sé que el viento de la vida
pondrá piedras escondidas,
pero serán las que te muestren
que así aprenderás en la vida.
Y yo estaré siempre
con mis reniegos y risas,
porque serás siempre
una parte de mi vida.
para mi hija Ariela
Los destellos de una estrella
cayeron en tu cabello.
Y el cielo, tan imponente
le dio color a tus ojos.
Las rosas se deshojaron
al ver tanto desconcierto
y dibujaron tu boca,
para dejar su recuerdo.
Y entre tantas cosas lindas
tenés marcado un camino.
Deseo sea el mejor,
el más correcto,
el más sencillo.
Sé que el viento de la vida
pondrá piedras escondidas,
pero serán las que te muestren
que así aprenderás en la vida.
Y yo estaré siempre
con mis reniegos y risas,
porque serás siempre
una parte de mi vida.
Cris Borao
Mujeres
Mujeres…mujeres…nosotras “las mujeres”.
Íconos de belleza
Sensualidad
Emotividad y sentimentalismo
Éxito
Tolerancia
Familia
Pero también…
Íconos de
Rencor
Hipocresía
Envidia
Ambigüedad
Mujeres… solo nosotras podemos ser tan contradictorias sin enloquecernos y sin ser juzgadas.
Ursula B.
Escribir a la vida
Cada ser humano escribe lo que puede…
Hay seres que están preparados en la vida por la teoría de los libros y libros que han leído, instruidos por estudios, carreras universitarias, porque económicamente estuvieron bien y pudieron viajar por el mundo hablando diferentes idiomas, probando diferentes platos y usando maravillosos atuendos.
Hay señores escritores que escriben respetando las reglas de la literatura…
O simplemente hay seres que escriben lo que sienten.
Escriben su tristeza, escriben su alegría.
Escriben inspirados por ello la poesía.
La poesía es amor, es sentimiento sin juego de palabras, solo habla el corazón, por el amor de un hijo, por el amor de un hermano, por el amor de un amigo, por el amor, si se está enamorado.
Hay seres que no tienen un buen vocabulario para expresarse porque jamás han leído un diccionario y hay seres que la única palabra que conocen para expresarse
es decir te amo o estoy enamorado o contá conmigo, amigo, o simplemente lo expresan con su actitud.
Por eso, aunque no sepan de alineación, de versos o de estrofas, a veces escriben del aroma de la rosa o de la estrella que ilumina sin cesar, de la furia de un mar que se ha enojado o de la tierra seca y quebrajada que espera a su lluvia enamorada porque quiere volver a renacer en nuevos verdes o apenas margaritas que alegran a unos ojos su mirada.
No le digas que no escriba si no sabe estrofas literarias, porque lo que en el alma siente el ser humano, no hay palabras, no hay escritos, que lo puedan describir.
Cada ser humano escribe lo que puede…
Hay seres que están preparados en la vida por la teoría de los libros y libros que han leído, instruidos por estudios, carreras universitarias, porque económicamente estuvieron bien y pudieron viajar por el mundo hablando diferentes idiomas, probando diferentes platos y usando maravillosos atuendos.
Hay señores escritores que escriben respetando las reglas de la literatura…
O simplemente hay seres que escriben lo que sienten.
Escriben su tristeza, escriben su alegría.
Escriben inspirados por ello la poesía.
La poesía es amor, es sentimiento sin juego de palabras, solo habla el corazón, por el amor de un hijo, por el amor de un hermano, por el amor de un amigo, por el amor, si se está enamorado.
Hay seres que no tienen un buen vocabulario para expresarse porque jamás han leído un diccionario y hay seres que la única palabra que conocen para expresarse
es decir te amo o estoy enamorado o contá conmigo, amigo, o simplemente lo expresan con su actitud.
Por eso, aunque no sepan de alineación, de versos o de estrofas, a veces escriben del aroma de la rosa o de la estrella que ilumina sin cesar, de la furia de un mar que se ha enojado o de la tierra seca y quebrajada que espera a su lluvia enamorada porque quiere volver a renacer en nuevos verdes o apenas margaritas que alegran a unos ojos su mirada.
No le digas que no escriba si no sabe estrofas literarias, porque lo que en el alma siente el ser humano, no hay palabras, no hay escritos, que lo puedan describir.
Nilda Scarvaglieri
La tarde cae
Siento la tarde caer, deshojándose en minúsculos segundos. La llegada del invierno provoca en mí esa inequívoca sensación, así como ese frío lamiendo esta ventana por donde miro la calle 25 y la que llamamos Plaza de la Cruz.
Las demás casas, al igual que la mía, se estremecen en un titilar sigiloso.
Las farolas se encienden en la plaza alumbrando torpemente con esa escasa luz de probeta, un puñado de espectros vegetales a medio secar. Una pareja de adolescentes cambia de lugar para continuar su descubrimiento constante y carnal. Cerca de ellos un perro camina, indiferente.
Es justo en ese instante cuando cierro los ojos cobardemente.
Detrás mío, las voces del televisor chillan. Me vuelvo con la conciencia pellizcándome.
El programa es malo. A esa hora todos lo son.
Sin embargo, penas presto atención a la pantalla del viejo Sharp.
Veo el cielo oscurecerse, el aire camuflarse en noche, respirando impaciente, al igual que un viejo presagio.
Mientras el vidrio de la ventana se opaca, intento convencerme de hacer algo. Cuando tomo suficiente valor y me pongo de pie, una luz blanco azulada tropieza desde afuera, con mis ojos.
- Un patrullero- digo, ahogándome en una especie de hipo.
Paso la mano por el vidrio cuidadosamente.
Si. Ahí va la camioneta en mal estado, tosiendo como un animal enfermo. La luz de vigilancia gira y es un faro de designio inverso.
- Lo verán- afirmo, ansioso, junto al frío vidrio, que empaña, parcialmente, mi visión.
El patrullero recorre con lasciva lentitud el contorno de la plaza, repleta de puntos ciegos para ellos. Por eso, no ven la figura estremeciéndose de gozo, contemplando la escena.
. Estoy a punto de gritar, salir corriendo para alertar sobre la situación, pero mi mal acostumbrada cobardía me acompaña, aferrándome sin esfuerzo. Es entonces, cuando acerco mucho más el rostro a la ventana y lo veo a él, nuevamente, detrás de aquel arbusto mal recortado, ese que confunde con una persona; una persona como yo.
Contemplo todo aquello desde mi pasividad. Observo los movimientos calculados, el sigilo, su osadía.
La luna yace bajo una nube y me enojo. Ahora solo tengo una débil visión de la pareja, del otro sujeto y de la aproximación gritando. Contengo la respiración para no empañar el vidrio cuando el hombre (supongo que es un hombre) se cierne sobre ellos.
- Es rápido-concluyo en un balbuceo, aliviado por exhalar finalmente mi aliento aterrado, fascinado, como esta luna perezosa y ciega; esa luna que por fin crece adoptando su habitual postura de estatua celeste.
Me fijo bien, intentando descubrir inútilmente la huida del sujeto, porque posee un don admirable para esfumarse, si es que realmente desaparece por completo.
La plaza mal iluminada queda sumida en el aullido atroz de un perro.
Al igual que la mía, las ventanas de las casas recién comienzan a mostrar la claridad de su interior, como cada vez que él aparece.
Mañana, todos hablaremos del programa de las seis, sin mencionar para nada como se deshoja, fugazmente, la tarde, en este invierno.
Julio Barnes
Todo lo conocido
Soy un hombre arrinconado por los años.
La hierba crece a mí alrededor, me ahoga.
Pasos irreconocibles perturban
mis sueños impares.
Tengo la piedra atada al cuello.
Un nudo vivo.
No hay silencio en este infierno,
ni llanto, ni amor.
Solo un instante tambaleante
con forma de botella.
Y en ella se esconde todo lo conocido.
Un nombre.
El viajero
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