Revista Imaginario 1


Imaginario
Julio de 2008
Cuento 1


En este camión oscuro esperamos, yo, sentado en la parte de atrás o en la de adelante. Nunca podré saber cuál es cuál. Puedo ver a través de una hendija algo de lo que pasa. De todos modos no es muy alentador, las cosas son extrañas, y si bien me contaron durante mi formación cómo sería, es difícil creerlo. Los gigantes, según puedo interpretar, son los gobernantes, tenientes, coroneles, generales, en fin, aquellos que definen nuestro destino. Una cosa es segura y es nuestro lema, estamos listos para la guerra.
Hacia la “fábrica”, viajan de todos los puntos del país, incluso hasta de países limítrofes, algunos del norte, otros del sur. Hay tipos duros como piedras y otros que, bueno, no tanto. Siempre se produce una mezcla de culturas y costumbres, que luego de las primeras horas se pierde, porque nos hacen a todos iguales. El entrenamiento es duro y puede durar hasta días y, una vez finalizado, nos ponen el mismo uniforme y casco rojo. Dicen que también hay cascos blancos, pero yo nunca vi uno. Tendrían que vernos, quedamos hechos un palo.
Después de esta etapa, viene el proceso de agrupación. Hay batallones de cuatrocientos soldados, de doscientos veintidós y de cuarenta, que son los más chicos. Los grupos más grandes se dividen en subgrupos iguales, mientras que en los grupos chicos permanecen todos juntos. A mi me tocó en uno de los chicos, no digo que sea mejor pero, se llega a conocer mejor a sus compañeros, siempre y cuando el otro este dispuesto, ya que nuestra vida es corta y muchos no creen que valga la pena tener sentimientos por otros y tener luego, que sufrir una pérdida. Ya que es seguro que todos vamos a morir.
En este momento estamos viajando a nuestro destino. Todos están muy nerviosos. Nuestros enemigos principales son dos, uno tubos blancos que nos duplican en altura y, otros, tanques de metal que largan fuego en todo su entorno, justo cuando nos acercamos a ellos.
Y la batalla es difícil para nosotros, si perdemos nuestro casco, todo se termina. Algunos valientes siguen peleando, aunque en vano, ya que nunca ganaremos.El camión se abre y llego a ver unas pinzas que se acercan a mí. Estoy nervioso, creo que el momento ha llegado. Si, es a mí a quien tomaron, soy el elegido. Las pinzas pertenecen a uno de los gigantes, que yo no conozco, pero seguro que es él quien me dará mis órdenes. En sus pinzas viajo a través de un mundo gigante, todo es extraño y nuevo, estoy anonadado, y a lo lejos, creo ver a un compañero luchando contra un bastón blanco en la boca de un gigante pero, no logro entender bien qué pasa. Ya pude divisar al enemigo, son cuatro tanques y no creo tener chances. Las pinzas me acercan a uno de ellos pero, una llama enorme me alcanza y es el fin, perdí mi casco.
Ahora me encuentro mal herido y de vuelta las pinzas me toman. Esta vez me llevan a otro lugar, me llevan al cementerio, esos horribles tachos redondos. Todo terminó y ya puedo descansar. No es una vida fácil. Y menos para un fósforo.

Sebastián Gril
Guerra


Miro mis manos. Tienen sangre.
No me asusto. Ya no es tiempo de asustarse ni asombrarse.
Hace meses estalló la guerra.
Al principio estaba lejos, en las grandes ciudades, pero ahora ya llegó hasta aquí destruyendo todo.
Ya no hay campos sembrados, ni ganado y hasta las fuentes de agua fueron envenenadas por el enemigo.
Guerra.
La guerra lo invadió todo. Una plaga sedienta de muerte y destrucción. No distingue amigos o enemigos, niños, hombres o mujeres. La guerra lo termina todo.
Mi padre fue a combatir. Mi madre y nosotras buscamos refugio en uno y otro lado tratando de escapar de las bombas.
Algunas veces nos oculta bajo las alcantarillas a esperar que pasen los aviones arrojándonos sus bombas; nos cubre con su cuerpo y nos tapa los oídos para que no ensordezcamos con la explosión.
Solo de noche podemos estar un poco más tranquilos.
Hoy nos escondimos bajo un puente y mi madre salió a buscar un poco de comida para nosotros.
Fue alcanzada por una explosión a pocos metros del puente y la vimos morir destrozada.
Aquí sigo yo, no queda nadie más. Una bomba cayó cerca y el puente se derrumbó matando a todos.
Miro mis manos. Tienen sangre.
Busco mis piernas. Ya no están, solo queda una masa de sangre y huesos.
No siento dolor, ya no hay lugar para el dolor, no hay tiempo para asustarme, ni siquiera para llorar…
Tengo nueve años, sé que no llegaré a los diez…
No llegaré al final del día.

Claudia Fernández

Escribir


¿Por qué resulta tan difícil escribir cuando uno está bien?
¿Será que es más fácil expresar lo malo?


El dolor, la angustia
y la soledad.



No estamos acostumbrados
a disfrutar.
O será que disfrutamos tanto de lo bueno
que no lo podemos expresar.



La respuesta es de ustedes.
Yo solo disfruto.

Ursula B.

Dicen que la lluvia



Dicen que la lluvia no sabe que está mojando. No es consciente de su suavidad o fragilidad.
Tal vez cada gota encierre una inteligencia en común para denominarse y proyectar su identidad sobre las cosas.
Porque las cosas son diferentes cuando llueve: el brillo del empedrado en esta esquina; una sensación de limpieza.
Como si cada gota supiese que su destino es arrastrar toda la miasma por los cordones hasta la próxima alcantarilla.
Contemplo el río en miniatura que se ha formado. No se detiene ante nada; nunca es lo mismo: las gotas lo hieren y lo alimentan.
Gotas viajeras desprendidas de otro ríos y mares.
La cadencia de su golpeteo parece un indescifrable mensaje. ¿Será posible desentrañar algo en su dibujo?
Adivino, tal vez imagino, ciertos reflejos que remiten a ciertos tiempos.
El pequeño río es el espejo por donde, en esta esquina perdida, veo pasar mis miserias.
Por momentos, el dolor me gana; por momentos, disfruto de la sensación de limpieza y veo irse a todos los males.
Cada gota golpea con diferente fuerza. Es evidente, aunque contradictorio, que una estructura inefable se esconde en la combinación de las gotas de la lluvia, como las huellas digitales del universo.
Las indiferentes bicicletas cruzan el río como para herirlo de muerte o detener su curso. Pero nuestras amigas son incansables y no tienen olvido: una y otra vez vuelven a su cauce.
¿No será un juego? ¡Antes de volver a ser lluvia, las gotas ya saben que volverán! Acaso varias de ellas ya han estado en esta esquina cuando las calles eran de tierra. Seguramente llevan generaciones intentando comunicarse. Tal vez un día…
Ha dejado de llover. Esta esquina ya no es la misma. La lluvia ha pasado por ella. El riacho es un hilo que el sol y el viento se encargan de secar lentamente.
No he podido decir todo lo que he visto, pero las gotas me han citado para la próxima lluvia, en esta esquina, acaso en otra…

César Gustavo De Gerónimo

Amigo


Compañero fiel
seguidor eterno.
Tu miras mi alma,
la tuya miro.


En ti encontré
un hermano,
sin buscarlo
te encontré.


Perdón
si no te cuidé ni te
mimé,
tal cual quise;
es que no pude.


¡Cómo te respeto!
¡Todo lo que te
mereces!
¡Cuánto te quiero!¡Cuánto me quieres

Gracias,
por quererme,
por perdonarme,
por esta amistad.



Marina Ibarlucea

(Sin titulo)

Dios existe, está conmigo, aunque a veces se enoja y se cansa de escuchar como me quejo... si llueve, si el día está feo, si tengo que madrugar, cuando es mi obligación de trabajo día a día.; si él no duerme a mis pedidos si él no descansa para escucharme minuto a minuto. ¡Le pido tantas cosas!
¿Por qué me quejaré tanto?
Busco tanto la perfección en algunos seres queridos mientras que día a día veo a mis amigas tratando de entender a sus hijos que no escuchan o no ven.
Reniego si un día hay humedad pero, no miro todos los días hermosos de sol que Dios me regala.
Como siento el dolor de los demás en mi propio cuerpo.
Parece mentira pero, es verdad, a veces una felicidad tan grande me invade cuando despierto. Hasta que abro la puerta de mi casa y al salir a caminar veo tanto dolor afuera, y tanto hambre, y me siento tan impotente. No puedo hacer nada para cambiar esa situación.
Hay seres que no escuchan y no son sordos.
Hay seres que no ven y no son ciegos.
Hay seres que buscan la felicidad todo el tiempo y no son felices con lo que Dios les dio, que es mucho.
¿Por qué me empecino en dejar mi casa impecable? Si alguien viene a verme con amor, ni siquiera va a mirar el mantel que puse.
Somos seres humanos, nos equivocamos minuto a minuto.
Pero, lo importante es arrepentirnos y seguir pidiendo perdón.

Nilda Scarvaglieri

Fragmentos


Ignoro quién soy. Solo tengo un apodo: Juancho. Esa es la base de mi realidad.
También, para ser justos, conservo ciertos recuerdos sueltos. Igualmente, ninguno de ellos me dice gran cosa sobre mi persona.
Vivo en la calle. Desde siempre, desde que tengo uso de razón. Tengo amigos nuevos y amigos de antes. De estos últimos pocos. Por una u otra razón se fueron muriendo.
Nadie sabe quién soy. Sólo José “el bizco” reconoció haber oído a alguien llamarme. Una mujer. Esa mujer iba con un hombre de bigotes. El hombre la tomó violentamente del brazo y se la llevó arrastrando hasta un auto “nuevo y caro”. Cuando José vio eso corrió hacia mi pero, justo en ese momento, lo llevó por delante un ciclista. El shock del golpe debe haberle afectado la memoria porque cuando quiso decirme cómo me había llamado aquella mujer de abrigo de piel, dudó, cerró los ojos largo rato, los abrió y con mirada estrávica y abatida dijo con su voz de tenor:
-Perdoname, Juancho. Me olvidé.
Ese día nadie volvió a verme. Me escondí. Traté de esconderme del dolor. Pero, eso es como escapar de la miseria, del olvido.
Dos días después me reuní con mi grupo. Comimos, reímos. Laura, la vieja borracha, contó una de sus disparatadas historias. Nos reímos como locos.
La gente pasaba a nuestro lado. Algunos miraban.
Desde aquellos días tengo sueños raros. Sueño con gente que creo haber conocido. Gente común, decente, con casa y auto. Veo caras. Sobre todo sueño con la mujer de pelo amarronado, que pudo haber sido la misma que vio “el bizco”. Ella siempre me abraza o me besa. Parece sentirse feliz conmigo y yo, claro, con ella. Me nombra una, dos veces. Justo ahí despierto, tiritando, sea invierno o verano. El nombre permanece en mi cuerpo solo lo suficiente como para que mi angustia al olvidarlo, sea feroz, real.
A esa mujer la llamo mamá cuando duermo. Ignoro si habrá sido mi verdadera madre. No sé cómo se siente tenerla. Pero, en el sueño, es hermoso ese contacto. Hay algo especial en nuestra relación, en ese abrazo repetido o ese
mismo beso. Es casi como una vieja fotografía. Significa mucho para mí. Sea verdad o no.
Cuando “el bizco” murió tuve un sentimiento de pérdida similar al que me ocurre al despertar de los sueños con “mamá”. Lloré mucho por él. Fue como un hermano, un tutor. Me enseñó la forma de sobrevivir con dignidad en la calle. Me enseñó a ser limpio y educado. Ninguno de los dos tenía educación formal pero, eso estaba lejos de limitar una educación autodidacta.
Su posesión más preciada era un viejo diccionario Larousse de tapas amarillas. El lo compartió conmigo. Hoy es mi herencia.
Me enseñó a decir gracias y a tratar a la gente de “usted”.
Siempre lo voy a extrañar.


Me llamo Juancho. Esta es parte de mi historia.

Julio Barnes



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